Elegir informados: los debates como primer acto de rendición de cuentas

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LA VOZ DE GOICOECHEA (Por Elvis Solano, comunicador).- En una democracia, pedir el voto no es solo pedir confianza. Es, sobre todo, aceptar el escrutinio público. Por eso, los debates entre candidaturas presidenciales no deberían verse como un evento accesorio del calendario electoral ni como un simple espectáculo mediático, sino como el primer acto real de rendición de cuentas de quienes aspiran a gobernar.

Antes de administrar recursos públicos, antes de firmar decretos y mucho antes de tomar decisiones que afectarán la vida cotidiana de millones de personas, existe una pregunta básica que la ciudadanía tiene derecho a plantear:

¿Está esta persona dispuesta a dar la cara, explicar sus ideas y responder preguntas incómodas?

Un debate expone mucho más que un discurso preparado. Expone carácter, preparación, coherencia y límites. A diferencia de un mitin o un anuncio de campaña, donde el mensaje está cuidadosamente controlado, el debate obliga a reaccionar, a argumentar y a sostener ideas bajo presión. En cada respuesta —y también en cada evasiva— el candidato o candidata envía una señal clara sobre su disposición a gobernar de forma abierta y transparente.

La rendición de cuentas, aunque muchos la asocian únicamente con el ejercicio del poder, comienza mucho antes de llegar al gobierno. Empieza cuando quienes aspiran a dirigir el país explican qué quieren hacer, cómo lo harán y cuáles serán las consecuencias de sus decisiones. Empieza cuando aceptan contrastar sus propuestas frente a otras visiones y someterlas al juicio ciudadano.

Los debates permiten evaluar si las propuestas:

Son viables o solo slogans de campaña

Están bien fundamentadas o improvisadas

Resisten preguntas técnicas y éticas

Mantienen coherencia frente a distintos escenarios

Este ejercicio no es un favor al electorado. Es una obligación democrática.

En un contexto saturado de propaganda política, mensajes emotivos y contenidos diseñados para viralizarse en redes sociales, los debates funcionan como un antídoto contra el voto desinformado. Obligan a pasar del mensaje bonito a la explicación concreta, del ataque fácil a la propuesta clara. Reducen —aunque no eliminan— la distancia entre la promesa y el plan.

Elegir informados no significa coincidir con todo lo que dice una candidatura. Significa contar con herramientas para comparar, cuestionar y decidir con mayor conciencia. Y sin debates, la ciudadanía pierde una de las pocas oportunidades de observar a las personas candidatas en igualdad de condiciones, respondiendo a las mismas preguntas y enfrentando los mismos desafíos.

Exigir debates es, por tanto, un acto de ciudadanía activa. Verlos con atención, analizarlos críticamente y discutirlos con respeto fortalece la cultura democrática y contribuye a reducir la brecha entre quienes aspiran al poder y quienes lo otorgan con su voto.

La rendición de cuentas no comienza el día en que se jura un cargo público.

Comienza cuando alguien acepta debatir, responder y explicarse ante la ciudadanía.

Porque gobernar es decidir.

Pero debatir es demostrar que se está dispuesto a responder por esas decisiones.

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