Cuando el político culpa al ciudadano: El peligro de confundir crítica con agresión personal

La reacción que desvela la debilidad del poder
LA VOZ DE GOICOECHEA (Por Nabil Mouaffak, comunicador).- Es una escena cada vez más frecuente en la esfera pública: un funcionario, director o ministro es objeto de un cuestionamiento legítimo sobre su gestión, una obra inconclusa o una decisión dudosa. Y su reacción no es defender la acción, sino atacar al mensajero. La crítica, ese pilar fundamental de la democracia, es recibida no como un derecho ciudadano, sino como un insulto personal, una afrenta a la dignidad o una conspiración en su contra.
Cuando esto ocurre, la pregunta obligatoria es: ¿se está defendiendo una gestión con datos y argumentos, o se está defendiendo un trono imaginario?
El cargo público no es propiedad privada
Es necesario recordar una verdad básica: el cargo público no es una herencia, un premio o una extensión del ego de quien lo ocupa. Es un encargo temporal, financiado con recursos de todos y, por definición, sometido al escrutinio ciudadano. Quien acepta un puesto público acepta también la fiscalización, la crítica y el desacuerdo.
El problema surge cuando el funcionario deja de distinguir entre su rol institucional y su identidad personal. La observación ya no se analiza con cabeza fría; se siente. La respuesta no es una explicación clara; es enojo, victimización o la descalificación del ciudadano que cuestiona.
El síndrome del “esposo infiel”
Para entender este mecanismo de evasión, una comparación incómoda resulta reveladora. El patrón es idéntico al del esposo infiel que no se indigna por la infidelidad, sino por cómo su pareja accedió a los mensajes de su celular. No asume la falta; cuestiona el método. Desvía la atención del acto principal hacia quien lo descubrió.
Algo muy similar ocurre con el político débil. En lugar de explicar la anomalía, la irregularidad o el recurso mal utilizado, se obsesiona con saber:
¿Cómo se dio cuenta el ciudadano?
¿Quién filtró la información?
¿Quién preguntó o fiscalizó?
No enfrentan el fondo del asunto; intentan desacreditar al que señala. En ambos casos, el patrón es el mismo: ocultar el error, disfrazar la deslealtad y culpar al menos culpable. El debate se desplaza peligrosamente: ya no se habla del problema, sino del “ataque”, del “odio”, del “enemigo” o, peor aún, se pide la identificación completa del comunicador como si el anonimato invalidara la verdad.
Liderazgo es responder, no posar
Un funcionario que comprende su rol no necesita rodearse de aplausos permanentes ni construir burbujas de admiración en redes sociales. No gobierna para likes ni administra para ovaciones. Gobernar es responder.
El verdadero líder público enfrenta la crítica con:
Datos reales y verificables.
Explicaciones claras.
Verdad, incluso cuando incomoda.
Reconocimiento de errores.
Entiende que, si bien no todo lo que ocurre bajo su administración es su culpa directa, sí es su responsabilidad explicarlo, corregirlo o asumirlo.
Confundir la crítica con agresión es una forma sutil de autoritarismo. Busca silenciar mediante la culpa, el miedo o la deslegitimación del ciudadano crítico, un intento de mantener el poder sin rendir cuentas.
Cuentas al pueblo, no a la “Pulpería”
La administración pública no es una pulpería familiar donde se manejan favores, lealtades heredadas o clientelas personales. Se administran recursos de todo un pueblo, recursos que no pertenecen a un apellido, a un partido o a una argolla.
La rendición de cuentas debe ser al pueblo, no a quien “heredó la pulpería” o al grupo que aplaude sin preguntar.
Mientras nuestras jefaturas, directores, alcaldes, ministros, diputados y presidentes no entiendan esta diferencia básica, seguiremos usando la palabra Pura Vida como un eslogan vacío. Un país Pura Vida no se construye con aplausos ciegos, sino con instituciones fuertes, funcionarios humildes y una ciudadanía crítica y exigente.
La transparencia no es esperar que la gente revise el celular; es darle la contraseña de una. Ser transparente es no esconder absolutamente nada.