Costa Rica la educación que heredamos

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Segunda entrega:  Del discurso del cambio a la crisis educativa

LA VOZ DE GOICOECHEA (Por Nabil Mouaffak).- Durante los gobiernos de Solís y Alvarado, la educación fue tema de grandes discursos, promesas modernas y reformas ambiciosas. Pero más allá de los títulos y anuncios, muchas de esas reformas chocaron con la desigualdad estructural, el déficit presupuestario y una falta de continuidad clara.

Luis Guillermo Solís (2014–2018): reformas, esperanza y desencanto lento

Al llegar al poder, Solís prometió una educación integrada al siglo XXI. Se hablaba de infraestructura renovada, computadoras en las aulas, formación docente, y una mirada más cercana al estudiante.

Se creó la Estrategia Nacional de Educación Digital, con alianzas para conectar escuelas, promover habilidades tecnológicas e incorporar nuevos modelos educativos. Pero el ritmo de esa “modernización” fue desigual: muchas escuelas en zonas rurales quedaron rezagadas por falta de conectividad real, falta de mantenimiento y ausencia de capacitación continua.

El MEP enfrentó una lucha interna: programas nuevos compitiendo con los viejos, salarios bajos para maestros, exceso de burocracia y poca flexibilidad curricular. Además, la educación técnica-nocturna y la formación profesional siguieron perdiendo espacio frente a la educación académica, como si solo importara quién llegaba a la universidad.

Al final del mandato de Solís, se sentía que las reformas se quedaban en discursos en muchas regiones, que la brecha entre colegios públicos y privados continuaba creciendo, y que los estudiantes más desfavorecidos seguían sin herramientas concretas para competir.

Carlos Alvarado (2018–2022): presupuesto récord, pandemia y urgencias educativas

Cuando asumió Alvarado, la presión era grande. Prometió consolidar las reformas de su antecesor y responder a los nuevos retos globales. Durante su gestión el presupuesto del MEP creció y se adoptaron planes como Aprendo en Casa durante la pandemia, con plataformas digitales, clases en línea y contenidos televisivos.

Pero las crisis estructurales se acentuaron:

La brecha digital persistió: muchos estudiantes no tenían conectividad o dispositivos adecuados, lo que dejó fuera a cientos de miles en momentos críticos.

La fatiga docente creció: muchos profesores tuvieron que adaptarse de la noche a la mañana al formato virtual, sin apoyo suficiente.

El aburrimiento y el abandono aparecieron como sombras invisibles: estudiantes que no se conectaban, repitentes sin seguimiento y un sistema que midió registros más que aprendizajes.

Las reformas curriculares continuaron, pero con poca cohesión entre niveles y poca evaluación externa rigurosa.

El país se enfrentó a una paradoja dolorosa: inversión sin resultados a escala. Donde había esperanza, se colaba la frustración. Donde había promesa, saltaban las desigualdades.

Entre Solís y Alvarado, Costa Rica apostó por una educación moderna. Pero esa apuesta fue desigual, faltó acompañamiento real, y no pudo transformar las raíces del sistema.

El discurso del cambio se sintió lejano en muchas comunidades, y la crisis educativa —globalizada por la pandemia— llegó para exponer lo que muchos ya sabíamos: sin equidad, sin visión de largo plazo y sin compromiso real, las reformas se quedan en espejitos de colores.

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