Frank Marshall Jiménez 1924-1994: El hombre que caminó entre dos mundos

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LA VOZ DE GOICOECHEA (Por Redacción).- Cuando se cuenta la historia reciente de Costa Rica, hay nombres que aparecen como relámpagos: breves, intensos, imposibles de ignorar. Frank Marshall Jiménez es uno de ellos. Su vida no fue una línea recta, ni un relato limpio. Fue, más bien, un territorio de tensiones: entre la sombra y el ideal, entre la disciplina militar y la política civil, entre el recuerdo de Europa en guerra y la construcción de un país que decidió vivir sin ejército.

Nació en San Ramón en 1924, en una familia acomodada, marcada por la ciencia y el mundo. Su padre era geólogo; su madre venía de una línea de políticos y militares. La infancia de Frank estuvo atravesada por una pérdida temprana que dejó huecos y silencios. Su madre, sola y joven, volvió a casarse; el nuevo padre le dio apellido en el corazón, aunque no en los papeles. Pero ya desde entonces, el destino de Frank parecía escrito fuera de los bordes de lo conocido.

A los doce años fue enviado a estudiar a Alemania, en los días donde el mundo giraba hacia la guerra. Creció entre internados, disciplina férrea y el ruido ideológico de la juventud alemana de la época. No fue un espectador: fue parte de ese ambiente, como miles de jóvenes europeos que aprendieron a marchar antes de aprender a dudar. Cuando la Segunda Guerra Mundial estalló, Frank volvió a Costa Rica. Pero el molde que lo formó ya estaba hecho: la obediencia, el orden, el combate interno entre autoridad y destino.

Apenas adulto, la historia lo alcanzó otra vez. Costa Rica explotó en 1948. La guerra civil partió familias, pueblos, y convicciones. Frank Marshall se unió al bando rebelde liderado por José Figueres Ferrer. Fue soldado, estratega, organizador. Se ganó fama de hombre duro, de mando rápido, de pocas palabras. Y cuando la guerra terminó, cuando el ejército fue abolido y la nación apostó por la paz, él quedó entre dos mundos: el que sabía y el que empezaba para todos los demás.

No se retiró. Se movió a la política, donde la guerra se libra sin balas, pero con ideas. Fundó el partido Unión Cívica Revolucionaria. Anticomunista, conservador, frontal. Fue diputado dos veces. Fue ministro de Seguridad Pública. Fue protagonista en días tensos, durante intentos de golpe y en las sombras frías de la Guerra Fría. Para algunos, era patriota. Para otros, paramilitar. Para muchos, simplemente inevitable.

La figura de Frank Marshall nunca fue simple. Tampoco él pretendió serlo. No buscó caer bien; buscó imponer lo que creía correcto, y lo hizo a su manera. Caminó el país con la rigidez de quien ha visto demasiado pronto la fragilidad de las instituciones humanas. Sus decisiones dejaron huellas; sus silencios, también.

Murió el 2 de noviembre de 1994, en San José. Sin homenajes multitudinarios, sin discursos largos. Su nombre quedó en archivos, en libros de historia, en las conversaciones donde se recuerda a quienes marcaron un antes y un después, aunque no todos estén de acuerdo en cómo.

Su legado no es cómodo. Y tal vez ese es su valor.

Frank Marshall representa una pregunta abierta en la historia de Costa Rica:

¿Qué hacemos con los hombres que nacen para la guerra en un país que decidió la paz?

Quizá la respuesta no sea juzgarlo, sino comprender la época que lo formó, las heridas que lo moldearon, los miedos que marcaron el continente, y el país frágil que comenzábamos a ser.

Porque la historia —la de verdad— no está hecha solo de héroes claros y villanos perfectos.

Está hecha de seres humanos. Como Frank Ma

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