Editorial
VOZ DE GOICOECHEA (Por la Dirección).- Costa Rica no necesita partidos políticos con nuevos logotipos, mejores eslóganes o campañas más sofisticadas. Necesita algo mucho más elemental y, al mismo tiempo, mucho más difícil: partidos políticos de verdad.
La afirmación puede resultar incómoda, pero desde un cantón como Goicoechea vale la pena plantearla. Porque la calidad de nuestra democracia no se decide únicamente cada cuatro años frente a una urna. También se construye —o se deteriora— todos los días en nuestros barrios, distritos, concejos municipales, instituciones públicas y organizaciones políticas.
La primera pregunta, entonces, debería ser sencilla: ¿partidos políticos para qué?
¿Para cumplir un requisito electoral? ¿Para activar una estructura unos meses antes de las elecciones y desactivarla cuando se cuentan los votos? ¿Para servir de vehículo a candidaturas personales? ¿Para repartir puestos entre quienes ganan?
Si esa es nuestra concepción de partido político, tenemos un problema mucho más profundo que el desgaste de algunas agrupaciones. Estamos convirtiendo organizaciones fundamentales para la democracia en simples maquinarias electorales.
El problema del cortísimo plazo
Una democracia sólida necesita organizaciones políticas capaces de pensar más allá de la próxima elección.
Sin embargo, hemos normalizado partidos y movimientos que cobran vida alrededor de un proceso electoral, concentran sus esfuerzos en candidaturas, publicidad y movilización de votos y, pasada la elección, reducen drásticamente su presencia pública.
El resultado es una política de cortísimo plazo.
Cuando una organización gana sin haber construido equipos, conocimiento, propuestas y mecanismos permanentes de participación, corre el riesgo de llegar al gobierno para comenzar a aprender aquello que debió estudiar antes de pedir el voto.
Y cuando pierde y prácticamente desaparece hasta la siguiente campaña, tampoco cumple una función esencial de la democracia: fiscalizar, proponer alternativas y mantener una relación permanente con la ciudadanía.
Ese modelo contribuye al desencanto ciudadano. El abstencionismo y la desconfianza política no deberían despacharse simplemente como apatía. También deben interrogarnos sobre lo que estamos ofreciendo a quienes sienten que votar cambia muy poco su vida cotidiana.
Un partido debe ser un gestor de políticas públicas
¿Qué debería distinguir, entonces, a un partido político serio?
No la cantidad de vallas que coloca durante una campaña ni el alcance de sus publicaciones en redes sociales. Su verdadera medida debería encontrarse en el trabajo que realiza cuando no hay elecciones.
Un partido debería estudiar permanentemente los problemas de las comunidades; formar nuevos liderazgos; abrir espacios de participación; organizar charlas, cursos y debates; conocer el funcionamiento del Estado; evaluar el uso de los recursos públicos y convertir las necesidades ciudadanas en propuestas técnicamente viables.
Debería también construir planes de mediano y largo plazo y dar seguimiento a sus propios representantes una vez electos.
En otras palabras, un partido político debería funcionar como un gestor permanente de políticas públicas y representación ciudadana.
Esto resulta especialmente importante en el ámbito municipal. En Goicoechea sabemos que los grandes discursos nacionales terminan aterrizando en asuntos muy concretos: calles, seguridad, residuos, planificación urbana, espacios públicos, desarrollo económico, servicios municipales y oportunidades para nuestras comunidades.
Para enfrentar esos problemas no basta una buena campaña. Hace falta conocimiento del territorio, capacidad técnica, equipos preparados y continuidad.
El conocimiento no debería desaparecer cuando termina un nombramiento
También debemos discutir qué sucede con quienes ya ejercieron cargos públicos.
Diputados, alcaldes, regidores, ministros y otros funcionarios acumulan durante sus períodos una experiencia valiosa sobre el funcionamiento del Estado. Ese conocimiento no debería perderse simplemente porque terminó un nombramiento o porque cambió el ciclo electoral.
Quien ha servido en una institución pública puede continuar aportando desde la formación de nuevos liderazgos, la elaboración de propuestas, la discusión programática, la fiscalización y la transmisión de experiencia.
No se trata de perpetuar figuras ni de convertir los partidos en clubes de exfuncionarios. Precisamente lo contrario: se trata de que la experiencia acumulada se transforme en conocimiento institucional y pueda ponerse al servicio de nuevas generaciones.
Un partido democrático necesita renovación, pero también memoria.
El TSE y una discusión que Costa Rica debe dar
También corresponde abrir una discusión seria sobre el marco institucional que regula a los partidos políticos.
El Tribunal Supremo de Elecciones ha sido una institución fundamental para la estabilidad democrática costarricense. Precisamente por la importancia de esa institucionalidad debemos preguntarnos si las reglas actuales estimulan suficientemente la existencia de organizaciones políticas permanentes, democráticas, representativas y preparadas para gobernar.
La discusión no debería reducirse a dificultar la creación de nuevos partidos. Una democracia necesita pluralidad y posibilidades reales para que aparezcan nuevas fuerzas políticas.
La pregunta más importante es otra: ¿qué deberíamos exigir de una organización que aspira a administrar recursos públicos, aprobar leyes, dirigir municipalidades o gobernar el país?
Además del cumplimiento de requisitos formales, podríamos discutir mecanismos que fortalezcan la democracia interna, la formación política, la transparencia, la elaboración programática, la participación ciudadana y la rendición de cuentas.
Porque competir en una elección es apenas una parte de la tarea.
Gobernar en el siglo XXI exige preparación
La administración pública contemporánea enfrenta presupuestos importantes, tecnologías en rápida transformación y problemas cada vez más complejos.
Cambio climático, seguridad, movilidad, ordenamiento territorial, infraestructura, empleo, transformación digital, educación y sostenibilidad financiera no admiten únicamente buenas intenciones.
La improvisación cuesta dinero público y, sobre todo, oportunidades para la ciudadanía.
Por eso los partidos deberían funcionar también como un primer espacio de preparación y selección de quienes aspiran a ejercer responsabilidades públicas. No para construir élites cerradas, sino para procurar que una candidatura implique algo más que popularidad, recursos económicos o capacidad para ganar una elección.
La democracia garantiza el derecho a elegir. Pero una democracia madura también debería procurar que quienes solicitan el voto comprendan la responsabilidad que pretenden asumir.
Recuperar lo mejor de nuestra tradición política
Costa Rica conoce el valor de organizaciones políticas con identidad, estructura, programas y capacidad para formar dirigentes.
Nuestra historia democrática registra partidos que participaron activamente en la construcción institucional del país y oposiciones que entendieron que perder una elección no significaba desaparecer, sino continuar fiscalizando y proponiendo.
Recuperar esas virtudes no significa idealizar el pasado. Los partidos tradicionales también cometieron errores, generaron exclusiones y acumularon prácticas que contribuyeron a su propio desgaste.
Pero abandonar sus defectos no obliga a desechar aquello que funcionaba: organización, formación, pensamiento programático, presencia territorial y vocación de permanencia.
Una reflexión desde Goicoechea
Esta discusión nacional comienza también en lo local.
Goicoechea necesita organizaciones políticas presentes en sus comunidades los 365 días del año. Partidos capaces de escuchar a vecinos de Guadalupe, San Francisco, Calle Blancos, Mata de Plátano, Ipís, Rancho Redondo y Purral no solamente cuando necesitan votos, sino cuando hay problemas que estudiar y soluciones que construir.
Necesitamos organizaciones que puedan decir qué proponen para el cantón dentro de cinco, diez o veinte años; que formen jóvenes para asumir responsabilidades públicas; que incorporen conocimiento técnico sin sustituir la participación ciudadana; y que fiscalicen a sus propios representantes con el mismo rigor con que cuestionan a sus adversarios.
La democracia no se fortalece cambiando un logotipo ni encontrando el eslogan perfecto.
Se fortalece cuando las organizaciones que aspiran al poder entienden que su responsabilidad comienza mucho antes de una elección y continúa mucho después de ella.
Los partidos políticos costarricenses no necesitan simplemente remozarse. Necesitan recuperar su razón de ser: representar, formar, proponer, fiscalizar y servir.
Necesitan existir de verdad.