Reportaje trabajo y desigualdad: el desempleo femenino persiste en Goicoechea pese a la aparente estabilidad laboral

LA VOZ DE GOICOECHEA (Por Isaí Jara, periodista).- A las siete de la mañana, cuando el movimiento empieza en las calles de Calle Blancos, María del Mar Rodríguez ya está despierta. Prepara el desayuno de sus dos hijos, revisa el teléfono y abre una carpeta donde guarda los currículos que ha enviado durante los últimos meses.
A veces recibe una llamada. La mayoría de los días, no.
Antes de la pandemia, María trabajaba en un restaurante en el centro de Guadalupe. Tenía horarios largos y un salario modesto, pero estable. Cuando el negocio cerró, perdió su empleo y, con él, la seguridad económica que sostenía a su familia.
“Desde entonces he buscado en tiendas, supermercados, restaurantes… pero piden experiencia o estudios que no tengo. Además, con dos niños pequeños no puedo aceptar cualquier horario”, explica.
Su historia no es excepcional. En Goicoechea, un cantón caracterizado por su actividad comercial y de servicios, miles de mujeres enfrentan hoy un mercado laboral que parece haberse reducido para ellas.
Aunque las estadísticas nacionales sugieren estabilidad, la realidad que viven muchas familias cuenta otra historia.
La cifra que oculta la brecha
Según la Encuesta Continua de Empleo del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC), la tasa de desempleo nacional se mantiene en 6,6% para el trimestre comprendido entre noviembre de 2025 y enero de 2026.
A primera vista, el dato sugiere una relativa estabilidad del mercado laboral.
Sin embargo, al desagregar las cifras por género, aparecen señales de alerta. La tasa de desempleo femenina alcanza el 6,9%, superior al 6,5% de los hombres.
Pero la desigualdad más significativa se encuentra en otro indicador: la participación laboral.
Mientras 66 de cada 100 hombres en edad productiva trabajan o buscan empleo, en el caso de las mujeres la cifra se reduce a 42 de cada 100.
En otras palabras, más de la mitad de las mujeres en edad de trabajar no forman parte del mercado laboral.
Esta diferencia representa una de las brechas estructurales más persistentes en la economía costarricense.
En cantones urbanos como Goicoechea —donde conviven zonas comerciales dinámicas con barrios residenciales densamente poblados— esta realidad se traduce en hogares donde muchas mujeres dependen económicamente de otras personas o sobreviven con ingresos informales.
La salida silenciosa del mercado laboral
Para algunos especialistas, la aparente estabilidad del desempleo no refleja una mejora real, sino un fenómeno más complejo.
La economista Roxana Morales, coordinadora del Observatorio Económico y Social de la Universidad Nacional (UNA), advierte que las cifras esconden una contracción de la fuerza laboral, especialmente entre las mujeres.
“Entre 2019 y 2025 la fuerza de trabajo femenina se redujo en un 8,1%. Muchas mujeres dejaron de buscar empleo y pasaron a la población inactiva”, señala Morales en su análisis.
Esto significa que miles de mujeres ya no aparecen en las estadísticas de desempleo porque simplemente dejaron de buscar trabajo.
Las razones son diversas: falta de oportunidades, desmotivación frente a un mercado laboral cada vez más exigente o, en muchos casos, la carga del trabajo doméstico y de cuidados.
El peso invisible del cuidado
En Costa Rica, como en gran parte de América Latina, el trabajo de cuidado continúa recayendo de manera desproporcionada sobre las mujeres.
Cuidar niños, adultos mayores o personas dependientes implica responsabilidades que dificultan la participación en empleos con horarios rígidos o jornadas extensas.
Para María del Mar, ese es el principal obstáculo.
“Si consigo trabajo, necesito quién cuide a mis hijos. Pero pagar a alguien para que los cuide cuesta dinero… y para tener ese dinero primero necesito el trabajo”, dice.
Ese círculo es común en muchos hogares del país.
Sin redes de cuido accesibles o apoyo institucional suficiente, muchas mujeres optan por retirarse del mercado laboral, al menos temporalmente.
Sectores que aún no se recuperan
La transformación del mercado laboral después de la pandemia también ha tenido efectos diferenciados entre sectores económicos.
Uno de los más afectados ha sido el sector de hoteles y restaurantes, históricamente un importante generador de empleo femenino.
Según el análisis del Observatorio Económico y Social de la UNA, las mujeres perdieron más de 13.000 empleos en este sector en comparación con los niveles de 2019.
Mientras tanto, parte de los puestos recuperados han sido ocupados por hombres o transformados en empleos que requieren mayor nivel de calificación.
Esta tendencia refleja otro desafío estructural: el cambio en la naturaleza del empleo.
El mercado laboral costarricense ha evolucionado hacia actividades más especializadas y tecnológicas, lo que eleva las exigencias educativas.
Las personas con secundaria incompleta —un grupo donde muchas mujeres están sobrerrepresentadas— enfrentan mayores dificultades para acceder a estos nuevos puestos.
La informalidad como alternativa
Ante la falta de empleo formal, muchas mujeres recurren a estrategias de supervivencia económica.
Ventas por catálogo, pequeños emprendimientos desde casa, elaboración de alimentos o trabajo doméstico sin contrato son algunas de las alternativas más frecuentes.
Estas actividades permiten generar ingresos, pero suelen realizarse en condiciones precarias.
Según el INEC, cerca del 40% de las personas ocupadas en Costa Rica trabajan en condiciones de informalidad.
Para quienes dependen de estas actividades, los ingresos suelen ser inestables y no existe acceso a derechos laborales básicos como seguro social, vacaciones o pensión.
La imposibilidad de cotizar a la Caja Costarricense de Seguro Social (CCSS) implica que muchas mujeres enfrentan un futuro incierto en términos de protección social.
Un fenómeno que se vive en los hogares
En Goicoechea, el contraste entre la actividad comercial visible y las dificultades laborales que enfrentan muchas mujeres es evidente.
El cantón concentra supermercados, tiendas, centros educativos y pequeñas industrias. Sin embargo, la disponibilidad de empleo no siempre se traduce en oportunidades accesibles para todas las personas.
Las exigencias de experiencia, estudios o disponibilidad horaria se convierten en filtros que excluyen a quienes no pueden cumplirlos.
Mientras tanto, en los hogares, el impacto del desempleo se siente en decisiones cotidianas: reducir gastos, depender de ingresos familiares o buscar alternativas informales para sostener la economía doméstica.
Más allá de las estadísticas
Las cifras macroeconómicas pueden ofrecer una fotografía general del mercado laboral, pero rara vez reflejan las historias individuales que existen detrás de los números.
En barrios de Guadalupe, Calle Blancos, Ipís o Purral, el desempleo femenino no es solo una estadística: es una realidad que condiciona proyectos de vida, limita la autonomía económica y profundiza desigualdades sociales.
Para María del Mar, la búsqueda continúa.
Cada semana revisa anuncios de empleo, envía nuevos currículos y pregunta en comercios cercanos si hay vacantes.
“Uno no deja de intentarlo”, dice.
Su esperanza es sencilla: encontrar una oportunidad que le permita volver a trabajar.
Pero su historia también revela una pregunta más amplia para el país: cómo construir un mercado laboral que no deje a las mujeres fuera de la recuperación económica.

Pie de foto:
Actividad comercial en el centro de Guadalupe, Goicoechea. Aunque el cantón concentra numerosos negocios y servicios, muchas mujeres enfrentan barreras para acceder a empleo formal.
Nota: Este reportaje fue elaborado con base en datos de la Encuesta Continua de Empleo del INEC (2026) y análisis del Observatorio Económico y Social de la Universidad Nacional, aplicados al contexto del cantón de Goicoechea.