¿Por qué el tico es Pura Vida?

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Capítulo 1:  La mesa compartida

LA VOZ DE GOICOECHEA (Por Nabil Mouaffak, columnista).- En Costa Rica, la comida nunca es solo comida. Es el abrazo que se sirve calientito en un plato; es la pausa necesaria en medio de la carrera diaria para mirarnos a los ojos y decir “¿cómo amaneciste?”.

La mesa compartida es uno de los rituales más profundos de la identidad tica. No importa si es un café chorreado hecho con paciencia en la bolsita, si hay pan casero recién salido del horno, si se sirvió gallo pinto en una ollita con culantro y chile dulce, o si se armó un casado completo después de media mañana.

El punto no es lo que se come:

El punto es con quién se come.

Aquí, la casa de la abuela siempre está preparada para recibir:

una silla extra, un plato más, una conversación que se alarga sin reloj.

La cocina se convierte en sala, la sala en comedor y el comedor en una cátedra improvisada donde se solucionan problemas, se curan tristezas y se celebran alegrías.

Porque el tico tiene esa costumbre linda:

compartir antes de tener, invitar antes de asegurarse, y abrir la puerta sin preguntar.

La comida es el puente que conecta generaciones, barrios, familias y amistades que se vuelven familia.

La expresión “siéntese, tome cafecito” no es invitación literal:

es una declaración de paz, un: “Aquí puede descansar su alma un ratito.”

Si uno quiere entender por qué Costa Rica es “pura vida”, tiene que sentarse primero a la mesa.

No a la mesa de los manteles finos, sino a la mesa humilde donde cabe todo el mundo:

la de la cocina, con la olla puesta y la conversación lista.

Porque aquí, alrededor de la comida, lo cotidiano se vuelve sagrado.

Y en ese gesto tan simple y tan tico —compartir la mesa— se encuentra una parte esencial de lo que somos.

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