OPINIÓN: El costo de volver a empezar…

Published by Isaí Jara on

Costa Rica no puede resolver sus desafíos estructurales si cada cuatro años vuelve a empezar discusiones que ya consumieron recursos públicos y años de negociación

LA VOZ DE GOICOECHEA (Por Daniela Rojas, exdiputada).- Los gobiernos cambian, las legislaturas terminan y las prioridades políticas se transforman. Pero los problemas del país permanecen. Costa Rica no puede resolver sus desafíos estructurales si cada cuatro años vuelve a empezar discusiones que ya consumieron recursos públicos y años de negociación.

El rechazo en segundo debate de la Ley de Armonización del Sistema Eléctrico Nacional es más que el desenlace de un expediente legislativo. Nos obliga a preguntarnos qué pierde el país cuando la dinámica política termina imponiéndose sobre la construcción de políticas públicas de largo plazo.

Costa Rica construyó un sistema eléctrico del que podemos sentirnos orgullosos, por su cobertura y su generación predominantemente renovable. Precisamente para proteger esos logros debemos modernizarlo. La electrificación del transporte, las nuevas actividades productivas y la vulnerabilidad ante fenómenos climáticos exigen más capacidad, inversión y reglas para una realidad distinta.

Según estimaciones del viceministerio de Energía, el país necesita incorporar alrededor de 1.000 megavatios de capacidad y movilizar inversiones cercanas a los 4.000 millones de dólares en los próximos años. Son proyectos que requieren planificación, financiamiento y tiempo. Postergar decisiones no detiene el crecimiento de la demanda.

La reforma buscaba modernizar el mercado eléctrico, facilitar inversiones, introducir competencia regulada y fortalecer la coordinación del sistema, sin renunciar al carácter público del servicio ni desconocer la importancia histórica del ICE. Ninguna ley garantiza por sí sola menores tarifas o abastecimiento futuro. Pero sí ofrecía instrumentos para enfrentar desafíos vigentes.

Como expresidenta de la Comisión de Energía, participé directamente en una discusión de años, con mesas de trabajo y aportes de instituciones, sectores productivos y fuerzas políticas. En 2025 se aprobó en comisión un texto sustitutivo que incorporaba las condiciones planteadas por Liberación Nacional. La moción llevaba la firma de 11 de sus 18 diputados y recibió el voto favorable de sus representantes en la comisión. Ese fue el texto que terminó rechazándose en 2026.

No planteo que una nueva legislatura deba aceptar sin cuestionamientos los acuerdos anteriores. Revisar y mejorar propuestas es legítimo. Pero abandonar consensos construidos durante años exige explicar qué cambió en el análisis técnico y qué alternativa ofrece una respuesta mejor y oportuna al país.

Este problema trasciende a un partido. Las mesas de diálogo son necesarias, pero no pueden convertirse en el destino final de las reformas. Su valor está en permitir decisiones, no en servir de punto de partida para una discusión interminable. Si cada cambio de legislatura borra lo avanzado, la política pública queda atrapada en el calendario electoral.

El costo de volver a empezar no se mide solo en horas de debate. Se refleja en la incertidumbre para invertir, oportunidades productivas postergadas y riesgos para la competitividad y la seguridad energética. No podemos atribuir automáticamente cada uno de esos efectos al rechazo de una ley; sí debemos reconocer que los problemas que motivaron la reforma siguen sin resolverse.

Costa Rica necesita discutir con evidencia, construir acuerdos y tomar decisiones con visión de Estado. Los consensos no pertenecen a quienes ocupamos temporalmente un puesto: son un capital institucional que debe servir para avanzar.

Cuando la política vuelve al punto de partida, no pierde un partido político ni quienes impulsamos una reforma. Pierde Costa Rica.

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