“Los abuelos votaban hasta con los tamales en la mano… y ahora casi nadie quiere ir”

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LA VOZ DE GOICOECHEA (Por Nabil Mouaffak, comunicador).- ¡Buena nota, papi!

Mae, vea… el otro día estaba hablando con mi abuelo mientras se echaba un cafecito de esos que huelen a pura vida, y empezó a contarme cómo eran las elecciones en sus tiempos.

Y yo, que soy chismoso, me senté a escucharlo.

Dice el tata que antes, mae, la gente votaba con una pasión que ni cuando la Sele clasificó al 90. Era un fiestón cívico:

tigritos de madera, banderas ondeando, la radio sonando con voces serias, el barrio entero caminando a la escuela como si fueran a misa.

Y me puse a buscar y si es cierto, ¡Los números lo gritan, papi!

Del 62 al 94 casi nadie se quedaba en la casa.

La abstención era bajita, como cuando uno deja una propina simbólica en la soda: 18%, 19%, por ahí.

Los abuelos vivían la política como si fuera parte de su ADN.

Unos eran liberacionistas, otros pusquistas…

Pero todos creían en algo.

Hasta peleaban por quién tenía “el mejor candidato”, mae. ¡Pura emoción!

 Pero después… algo se rompió.

Yo no sé si fue la corrupción, las promesas vacías, el aumento del costo de vida…

o que ya nadie se traga el cuento de que los partidos son “como la familia”.

Pero algo pasó.

Desde el 98 en adelante, la cosa se puso rara. El abstencionismo empezó a subir como los precios del arroz, mae.

De un 19% pasamos a un 30%, después a un 33%, y en el 2022…

Más del 40 % del país no fue a votar.

Mae, eso no es cualquier cosa.

Eso es como que en un partido de Saprissa solo llegue media gradería.

Algo está mal.

Mi abuelo me lo dijo así, sin filtro:

“Goico, a nosotros nos sobraban ganas… ahora a ustedes lo que les sobran son razones para no creer.”

Y tiene razón, papi.

Antes, la política era simple. Dos partidos, dos ideas, dos colores. La vida era más predecible. Y la gente confiaba.

Ahora…

Mae, ahora hay más partidos que puestos de pinto en el mercado.

Todos prometen el cielo, pero muchos no arreglan ni la cuneta del barrio.

Sumale:

redes sociales llenas de pleitos

corrupción aquí, corrupción allá

salarios que no alcanzan

transporte hecho leña

inseguridad que da miedo

la sensación de que “votar no cambia nada”

Y claro… la gente se desconecta.

Pero aquí viene lo heavy:

Mi abuelo termina su café y me suelta: “En mis tiempos votar era un orgullo… ahora para muchos votar es una decepción.”

Mae… se me hizo un nudo en la garganta.

Porque no es que la gente no quiera democracia.

Es que sienten que la democracia no les está respondiendo. Y esa vara pesa.

Usted sabe que yo no me quedo callado

No somos vagos políticos.

No somos apáticos.

No somos indiferentes.

Somos una generación que está cansada de que le mientan.

Que quiere ver cambios reales.

Que quiere que le hablen claro.

Que quiere poder creer otra vez.

Porque si algo aprendí del abuelo es esto:

“La esperanza no se pierde… se reconstruye.”

Y tal vez, papi…

tal vez es hora de reconstruirla entre todos.

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