Laura Fernández: la candidata que quiere continuar el cambio… sin cambiar demasiado

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LA VOZ DE GOICOECHEA (Por Nabil Mouaffak, comunicador).- Costa Rica entra al 2026 con una oferta electoral que parece un menú de restaurante turístico: variada, colorida y, a veces, más llamativa en la foto que en el plato. En medio de ese paisaje político aparece Laura Virginia Fernández Delgado, la abanderada del Partido Pueblo Soberano (PPSO), la carta elegida para mantener encendida la antorcha del actual oficialismo. Una candidata joven, tecnócrata, disciplinada… y perfectamente alineada con la continuidad.

Laura no es una improvisada. Nacida en Esparza en 1986, se formó en la Universidad de Costa Rica como politóloga, especializándose en políticas públicas y gobernabilidad democrática. Tan aplicada fue, que sus profesores probablemente aún la ponen de ejemplo cuando quieren que un grupo desordenado se enderece. Su carrera en la administración pública inició temprano y siempre dentro de esa franja donde se mezclan técnica, planificación y reforma del Estado. MIDEPLAN fue su escuela, la asesoría parlamentaria su campo de batalla y la consultoría su periodo de exploración.

Sin embargo, su salto al escenario político mayor vino con el gobierno de Rodrigo Chaves Robles. Primero como ministra de Planificación, luego también al frente del Ministerio de la Presidencia, puestos donde ejecutó la línea del Ejecutivo con obediencia quirúrgica. Su renuncia en 2025 —justo a tiempo para inscribir su candidatura— no sorprendió a nadie: era evidente que el oficialismo la preparaba como la heredera del proyecto.

Ahí está, precisamente, el punto neurálgico de su aspiración: Laura representa la continuidad, sin maquillaje. Su discurso de “modernización del Estado” retoma, sin disimulo, el guion del actual gobierno: reducción del aparato estatal, reformas profundas, eficiencia administrativa… y, cómo no, la posibilidad de vender bancos públicos como el BCR o BICSA, una propuesta que provoca alergias parlamentarias y urticarias sindicales.

Ese es, quizá, el aspecto que más la condiciona: su proyecto entusiasma a quienes aplauden al presidente Chaves, pero inquieta a quienes temen que el rodriguismo quiera perpetuarse más allá de su plazo constitucional. Y si algo le gusta al costarricense menos que el alza en el precio de la gasolina, es la idea de que un grupo político se quiera eternizar en el poder.

A eso se suman las controversias que rodean a su papeleta legislativa. Algunos de sus candidatos han estado bajo la mira por denuncias varias, y Laura ha optado por el silencio estratégico, un estilo que funciona en campaña… hasta que deja de funcionar. La transparencia, al igual que las verduras, es saludable, pero cuesta que la gente la consuma si no la sirven con buena presentación.

A favor suyo, eso sí, tiene un elemento que no se puede ignorar: domina la burocracia, entiende la arquitectura del Estado y habla con solvencia sobre políticas públicas. Es una figura preparada, ordenada y con vocación administrativa, cualidades que en la política nacional a veces escasean como parqueos en San José.

El reto para Laura Fernández será convencer al país de que su continuidad ofrece mejoras y no simplemente más de lo mismo. Que su versión del “cambio” no es un bucle de repetición. Y que su proyecto no es un simple apéndice del actual gobierno, sino un liderazgo propio, con criterio y visión.

Porque, al final, en política como en la vida, nadie quiere un doble perfecto: queremos una persona capaz de continuar lo bueno, corregir lo malo y, de paso, evitar que el país termine pagando los platos rotos de experimentos incompletos.

La campaña apenas comienza. Y la pregunta queda servida:

¿Laura Fernández representa la evolución del proyecto actual… o su clon con mejor dicción?

El electorado tendrá la última palabra. Y, como siempre, ojalá que la tome después de leerse bien el menú.

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