La oposición que heredamos

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Segunda entrega:  Del idealismo al desencanto: la oposición en los gobiernos de Solís y Alvarado (2014–2022)

LA VOZ DE GOICOECHEA (Por Nabil Mouaffak, columnista).- Si los gobiernos de Pacheco, Arias y Chinchilla marcaron la pérdida del control político como principio, los de Luis Guillermo Solís y Carlos Alvarado consolidaron el cambio cultural en la política costarricense: la oposición dejó de ser un actor fiscalizador para convertirse en un reflejo del mismo desgaste que criticaba.

Durante este periodo, el país pasó del idealismo al desencanto, y la Asamblea Legislativa —con todos sus partidos— se volvió más un teatro que un contrapeso.

Luis Guillermo Solís (2014–2018): la oposición sin dirección

La llegada de Luis Guillermo Solís generó una ola de esperanza: la promesa de una política distinta, ética, ciudadana.

Por primera vez en décadas, un partido no tradicional rompía el dominio bipartidista.

Era el momento ideal para que la oposición recuperara sentido y construyera un contrapeso responsable. Pero eso no ocurrió.

El Congreso se llenó de partidos fragmentados, cada uno defendiendo su pequeña bandera, sin proyecto nacional.

La oposición no supo adaptarse al nuevo mapa político: en lugar de fiscalizar, se dedicó a obstaculizar selectivamente, alternando entre el bloqueo y la indiferencia.

Paradójicamente, mientras el gobierno de Solís prometía transparencia, los escándalos como el “cementazo” expusieron la fragilidad institucional del país.

Y la oposición —lejos de ejercer control político serio— se dedicó a aprovechar el momento para el show mediático.

Se hablaba mucho, se fiscalizaba poco. El control político se convirtió en un espectáculo diario que sirvió más para dividir al país que para sanearlo.

Carlos Alvarado (2018–2022): el ruido que sustituyó el argumento

Con Carlos Alvarado, la política costarricense entró en una nueva era: la era del ruido.

Las redes sociales sustituyeron los pasillos del Congreso como escenario del debate.

La oposición encontró en el populismo digital su nueva estrategia, reaccionando más a los “trending topics” que a los informes de auditoría.

El caso UPAD, los cuestionamientos sobre la reforma fiscal, las huelgas del sector público y el deterioro de la confianza institucional fueron momentos en los que el país necesitaba una oposición inteligente, técnica y firme.

Pero lo que predominó fue la improvisación, la crítica sin propuesta, la denuncia sin profundidad. La oposición, en su afán de ganar votos, perdió legitimidad.

Dejó de representar al ciudadano indignado para representar al ciudadano cansado del ruido. Y con ello, se disolvió la frontera entre oposición responsable y oposición oportunista. La política se volvió un juego de percepciones, no de principios.

Durante ambos gobiernos, la Asamblea Legislativa vivió una transformación profunda: el debate técnico fue reemplazado por el protagonismo personal.

Los discursos dejaron de construirse para convencer y empezaron a escribirse para viralizarse. Cada intervención era una posible publicación, cada escándalo una oportunidad.

Y así, la oposición perdió su papel histórico de defensora del equilibrio republicano.

En lugar de ser el bastión del control político, se convirtió en un reflejo del desencanto nacional.

El pueblo dejó de confiar en los diputados, sin distinguir entre oficialismo y oposición: para muchos, eran simplemente parte del mismo problema.

Entre 2014 y 2022, la oposición en Costa Rica se desgastó moralmente.

Pasó de la esperanza a la decepción, de la crítica a la complicidad, del debate al ruido.

El control político perdió su valor, y con él, la esencia misma del parlamentarismo costarricense.

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