La oposición que heredamos

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Primera entrega:  De contrapeso a comparsa, la oposición en tiempos de Pacheco, Arias y Chinchilla” (2002–2014)

Durante más de una década, Costa Rica vivió un cambio silencioso pero profundo en su vida política

LA VOZ DE GOICOECHEA (Por Nabil Mouaffak, columnista).- Fue el periodo en que la oposición dejó de fiscalizar y empezó a negociar, en que el control político se cambió por el acomodo partidario y la ética se volvió una palabra bonita para los discursos de campaña.

En los gobiernos de Abel Pacheco, Óscar Arias y Laura Chinchilla, la oposición costarricense comenzó a transformarse: de voz crítica a figura decorativa.

Abel Pacheco (2002–2006): la oposición que no se atrevió a incomodar

Abel Pacheco llegó al poder con un estilo sencillo y discurso moralista, en un momento donde el bipartidismo ya daba señales de desgaste.

Su gobierno convivió con una oposición fragmentada, sin liderazgo claro ni agenda coherente, que prefirió la comodidad del consenso a la incomodidad del control.

En teoría, el Congreso debía ser un contrapeso al Ejecutivo. En la práctica, la Asamblea fue un espacio de pasividad política.

La oposición —todavía en manos del PLN y algunos partidos minoritarios— actuó más como acompañante que como fiscalizadora.

Los grandes debates nacionales sobre pobreza, corrupción y empleo quedaron ahogados entre discursos morales y acuerdos silenciosos.

Fue el inicio del vaciamiento del control político como función esencial del Parlamento.

Óscar Arias (2006–2010): la oposición que prefirió la foto al debate

Con el regreso de Arias y su “discurso del conocimiento y la apertura”, Costa Rica vivió una etapa de crecimiento económico y división social.

El gran tema de su gestión —el Tratado de Libre Comercio (TLC) con Estados Unidos— puso al país frente a sí mismo: una mitad confiando en la globalización, y la otra temiendo perder soberanía.

En ese contexto, la oposición legislativa tenía en sus manos un papel histórico: representar a esa parte del país que exigía debate y transparencia.

Pero falló. En lugar de convertirse en una voz fuerte y organizada, la oposición se fragmentó en gritos dispersos, incapaces de construir una alternativa política sólida.

El referéndum del TLC evidenció esa debilidad: el pueblo discutía con pasión, mientras la oposición parlamentaria se perdía entre cálculos electorales y ausencias estratégicas.

Fue el tiempo del “sí o no”, del ruido ciudadano y el silencio político.

La oposición, una vez más, se acomodó al escenario que el oficialismo construyó.

Laura Chinchilla (2010–2014): la oposición del espectáculo y la conveniencia

Con la llegada de Laura Chinchilla, la primera mujer presidenta del país, Costa Rica vivió una transición de ilusión a desconfianza.

Las promesas de eficiencia y orden se toparon con escándalos de corrupción, obras paralizadas y una creciente frustración social. Era el momento perfecto para una oposición firme, fiscalizadora y responsable.

Pero lo que surgió fue una oposición ruidosa, sin profundidad y profundamente oportunista. Mientras el gobierno se hundía en casos como La Trocha, Alcatel y Crucitas, la oposición convertía la Asamblea en un escenario de show político más que de debate técnico.

Se prefería el golpe de efecto mediático a la propuesta seria. Los discursos eran más largos que las soluciones.

Y así, la fiscalización se convirtió en un instrumento de campaña, no de transparencia.

Entre 2002 y 2014, Costa Rica perdió la figura de una oposición con propósito.

Los partidos dejaron de representar ideas y empezaron a representar intereses.

El país pasó de un sistema donde se debatía por convicción, a uno donde se acuerda por conveniencia.

La oposición se acostumbró a no incomodar demasiado. Y cuando el poder no se incomoda, deja de rendir cuentas. Aquella década marcó el inicio de la política del acomodo: una oposición que prefería la foto grupal al cuestionamiento incómodo, y que, sin querer, ayudó a construir el camino del descontento que hoy define nuestra democracia

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