José María “Billo” Zeledón: El hombre que puso a Costa Rica en el mapa mundial de la ornitología

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LA VOZ DE GOICOECHEA (Por Nabil Mouaffak, comunicador).- En un país donde la naturaleza habla por sí misma, hubo un hombre que decidió escucharla con profundidad, paciencia y un amor casi sagrado. Ese hombre fue José María “Billo” Zeledón, considerado el padre de la ornitología costarricense, y uno de los nombres más influyentes en la historia de la ciencia nacional.

Nacido en 1866, Billo creció rodeado de bosques, aves y montaña. Desde niño destacó por observar detalles que a los demás se les escapaban: el canto preciso de un ave, la forma en que movía sus alas, los colores escondidos bajo el plumaje. Era, desde pequeño, un científico nato.

Años más tarde, su pasión lo llevó a trabajar en el Museo Nacional, donde comenzó una tarea monumental: recolectar, identificar y clasificar aves de todo el país. Su rigor, dedicación y exactitud hicieron que científicos extranjeros volvieran la mirada hacia Costa Rica. Gracias a Billo, nuestro país se convirtió en un referente en biodiversidad mucho antes de que el ecoturismo existiera.

Uno de sus mayores aportes fue la construcción de colecciones científicas que hoy siguen siendo base para estudios sobre aves tropicales. Sus expediciones, muchas veces realizadas a pie y entre montañas inhóspitas, permitieron documentar especies poco conocidas y ampliar el entendimiento mundial sobre la riqueza biológica costarricense.

Pero Billo no solo estudiaba aves: las defendía. Fue pionero en la protección de la fauna, mucho antes de que existieran leyes ambientales modernas. Su ejemplo inspiró a generaciones de científicos y naturalistas que hoy continúan el legado de un país comprometido con la vida.

José María “Billo” Zeledón falleció en 1949, pero su nombre quedó escrito para siempre entre los árboles, los senderos y los cantos del amanecer. Cada vez que un colibrí atraviesa un jardín, o que el canto de un yigüirro anuncia la lluvia, un pedacito del trabajo de Billo sigue vivo.

Su historia nos recuerda que la ciencia también construye patria, y que defender nuestra naturaleza no es un lujo: es un deber ciudadano.

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