Francia: la revolución que cambia el mundo

LA VOZ DE GOICOECHEA (Por Gerardo A. Pérez Obando (Gapo), columnista.- A finales del siglo XVIII Francia se convirtió en el epicentro de una transformación política sin precedentes. La Revolución Francesa (1789–1799), no solo marcó el derrumbe del absolutismo en ese país, sino que redefinió el concepto de ciudadanía, soberanía popular, y derechos humanos.
Ningún otro proceso histórico había cuestionado con tanta fuerza el orden tradicional, ni tenido un impacto tan profundo en la configuración de las repúblicas modernas, tanto en Europa como en América.
Esta entrega explica cómo se gestó la revolución, cómo emergió la Primera República, y por qué su legado se convirtió en la columna vertebral de buena parte del constitucionalismo contemporáneo.
La Francia previa a 1789, estaba estructurada bajo el Ancien Régime, una organización social y política basada en privilegios hereditarios, desigualdad jurídica, y una monarquía con poder absoluto, un sistema que enfrentaba tres crisis simultáneas: social, económica y financiera, destinada a colapsar.
Francia acumulaba una deuda enorme, agravada por su participación en la Guerra de Independencia de los Estados Unidos de América, y gasto excesivo de la corte. El Estado estaba prácticamente quebrado, lo que obligó al rey Luis XVI a intentar reformas tributarias que chocaban con la resistencia de los grupos privilegiados.
Existía una desigualdad estructural. La sociedad estaba dividida en tres estamentos, el clero en un primer Estado, en el segundo la nobleza, y un tercero conformado por el 95% de la población, desde campesinos hasta burgueses acomodados donde los últimos sufrían la mayor carga fiscal y poseían menos derechos. Era un sistema rígido e injusto que alimentaba resentimiento social.
Las ideas ilustradas a través de los escritos de Montesquieu, Rousseau, Voltaire y otros pensadores impulsaban la noción que la autoridad debía surgir del pueblo, y que el poder arbitrario carecía de legitimidad.
Estas ideas circulaban entre élites urbanas y burgueses ilustrados, profundamente influenciadas por el clima intelectual del siglo XVIII. Estos factores crearon un ambiente explosivo con el estallido revolucionario y fin de la monarquía absoluta.
Ante el colapso financiero, el rey convocó a los Estados Generales en mayo de 1789, por primera vez desde 1614. Pero el Tercer Estado, cansado de su limitada representación, se declaró a sí mismo Asamblea Nacional, reclamando ser la única autoridad legítima en nombre del pueblo francés.
El 14 de julio de 1789, la población parisina tomó la Bastilla, símbolo del despotismo real. Este hecho consolidó el impulso revolucionario, provocando una ola de cambios que abolió el feudalismo, se declararon los Derechos del Hombre y del Ciudadano, y la supresión de privilegios estamentales.
Todo esto transformó radicalmente las estructuras del Antiguo Régimen. La Revolución Francesa marcó un antes y un después en la historia mundial. Fue un laboratorio político donde se desmontó un orden social milenario y se ensayó un nuevo modelo de legitimidad basado en el pueblo y en derechos universales.
Si la formación del Estado moderno europeo evocado en los escritos anteriores construyó la maquinaria del poder centralizado, la Revolución Francesa la democratizó conceptualmente, sembrando las bases del republicanismo contemporáneo. Actualmente Francia vive su Quinta República.
En las próximas y últimas entregas, analizaremos cómo este modelo llegó al continente americano; empezando a configurarse el camino hacia la Primera República de Costa Rica en 1848. https://www.youtube.com/watch?v=Mj20ToqIMIo