Foca, progre, pandereta: el debate político reducido a una etiqueta

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LA VOZ DE GOICOECHEA (Por Nabil Mouaffak, comunicador).- Por años, Costa Rica se enorgulleció de su tradición de diálogo. Hoy, sin embargo, el intercambio de ideas parece haber sido desplazado por el insulto fácil. En el escenario político actual —especialmente en redes sociales— ya no importa qué se propone, sino cómo se descalifica al otro.

En tiempos electorales, y cada vez más fuera de ellos, el debate se ha vaciado de contenido. Las trayectorias, los planes de gobierno y la viabilidad de las propuestas quedaron en segundo plano. En su lugar, proliferan etiquetas como “foca”, “progre”, “pandereta” o “vendido”, términos diseñados no para debatir, sino para anular.

El problema no es solo de formas. Es de fondo. Cuando se reduce a una persona a un adjetivo despectivo, se le niega su capacidad de pensar y disentir. Se le convierte en caricatura. Eso tiene un nombre, aunque incomode decirlo: violencia política.

No siempre es explícita. A menudo se disfraza de humor, de memes “vacilones” o de frases lanzadas como verdades absolutas: “si apoya a ese partido, es corrupto”; “si vota por tal persona, es un ladrón más”. Generalizaciones que no buscan comprender, sino cerrar la conversación.

El fanatismo político funciona como una venda. No escucha, no pregunta y no duda. Opera bajo una lógica de barra brava, donde lo importante no es construir país, sino defender siglas y “ganar” discusiones. En ese terreno, la política deja de ser un espacio colectivo y se transforma en una guerra permanente.

¿Quién gana con esta polarización? No el ciudadano común ni las comunidades que esperan soluciones concretas. Ganan quienes se benefician de una sociedad fragmentada, emocionalmente exaltada y fácilmente manipulable.

Un debate sano cuestiona ideas; el fanatismo ataca personas. El primero fortalece la democracia; el segundo la debilita. Costa Rica lo supo entender durante décadas. Normalizar el insulto como forma de participación no es progreso: es retroceso.

Fiscalizar es un deber ciudadano. Disentir es necesario. Pero deshumanizar al otro por pensar distinto no es valentía política, sino pobreza democrática.

Tal vez sea momento de bajar el volumen del insulto y subir el nivel del argumento. Porque cuando la política se reduce a una etiqueta, la democracia se vacía de contenido. Y cuando eso ocurre, el país entero pierde.

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