El Regidor: Más allá de la curul y la dieta

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LA VOZ DE GOICOECHEA (Por Gabriela Umaña, periodista).- En el ecosistema de nuestra democracia, tendemos a poner el foco en el drama nacional: las decisiones presidenciales, los debates legislativos. Sin embargo, olvidamos que la política más influyente en nuestro día a día no se gesta en la capital, sino en la esquina, en el parque y en el bache de nuestra calle. Es la política municipal, y su órgano clave es el Concejo Municipal, compuesto por los regidores.

Lamentablemente, la figura del regidor a menudo se diluye. Se percibe, en el peor de los casos, como un puesto de lealtad partidaria recompensado con dietas por asistir a sesiones; en el mejor, como un tramitador de problemas menores. Ambas visiones son peligrosamente reduccionistas.

El regidor no es un empleado de la alcaldía; es el fiscalizador de esta. Es el representante directo del ciudadano y, en teoría, la voz de la conciencia del cantón. Pero para que este engranaje funcione, su labor debe sostenerse sobre valores no negociables que hoy parecen estar en crisis.

1. Compromiso: El cantón antes que el partido

El primer valor es el compromiso con el cantón. Ser regidor no es un trabajo de medio tiempo ni un pasatiempo de martes por la noche. Exige “gastar suela”: recorrer los distritos, entender que los problemas de la comunidad del norte son tan importantes como los del sur, aunque electoralmente “pesen” distinto.

El verdadero compromiso se mide en la capacidad del regidor de despegarse del guion de su partido político cuando este choca con el bienestar de la ciudadanía que lo eligió. Su lealtad primaria no es con el color de su bandera, sino con el desarrollo equitativo de su territorio.

2. Honestidad: El muro contra el clientelismo

Si el municipio es la primera línea de gestión de fondos públicos, el Concejo Municipal es su principal control de calidad. Aquí, la honestidad es el firewall contra la corrupción y el clientelismo.

Un regidor honesto no intercambia votos por favores. No aprueba presupuestos a ciegas ni modifica planes reguladores para beneficiar intereses particulares. La honestidad municipal radica en tratar el erario con una pulcritud absoluta, entendiendo que cada colón malgastado en burocracia innecesaria o en un contrato “a dedo” es un metro de acera que no se construyó o un parque que no se iluminó.

3. Transparencia y rendición de cuentas: La dupla obligatoria

La política municipal no puede ser un “club privado”. La transparencia es la herramienta fundamental para que el ciudadano recupere la confianza.

Ser transparente no es solo publicar las actas (a menudo incomprensibles) en un sitio web. Es comunicar activamente: ¿Por qué se votó a favor de “X” proyecto? ¿Qué criterios se usaron para rechazar “Y” propuesta? Un regidor debe ser un comunicador permanente de su gestión, utilizando redes sociales, reuniones vecinales y cualquier medio a su alcance.

Y la transparencia solo tiene sentido si conduce a la rendición de cuentas. El regidor no debe esperar a las próximas elecciones para justificar sus acciones. Debe estar en capacidad, y en obligación, de explicarle a cualquier vecino por qué tomó una decisión que afecta el futuro del cantón.

Conclusión: Necesitamos fiscalizadores, no sello de hule

Un Concejo Municipal pasivo, oscuro u obediente a intereses ajenos al bien común, es un lujo que no podemos permitirnos. Convierte a la municipalidad en un ente lento, caro y desconectado.

Necesitamos regidores que entiendan la magnitud de su poder: el poder de frenar un mal proyecto, de impulsar una solución innovadora, de exigir eficiencia al alcalde y de representar con dignidad a sus vecinos. Sin compromiso, honestidad, transparencia y rendición de cuentas, la silla del regidor es solo un gasto; con ellos, es la piedra angular de la verdadera democracia local.

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