De cómplices a profetas: La metamorfosis del funcionario caído

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LA VOZ DE GOICOECHEA (Por Nabil Mouaffak, columnista).- Hay un fenómeno curioso —y francamente predecible— en los pasillos de la política costarricense que merece una disección periodística: la súbita epifanía del funcionario defenestrado.

Mientras ciertos personajes se encuentran cómodamente instalados en el poder, la narrativa oficial es de absoluta armonía, transparencia y “trabajo incansable por el país”. En ese periodo, son una especie de figuras estoicas: no ven nada raro, no oyen nada, no sospechan de ninguna irregularidad. Son, parafraseando la imagen popular, como lámparas apagadas en un cuarto oscuro.

Pero la trama da un giro dramático apenas son removidos de sus cargos. Algo milagroso ocurre: de pronto, ven, oyen y recuerdan con una claridad asombrosa. Y sin falta, aparecen en entrevistas o redes sociales para revelar “todo lo que pasaba ahí adentro”. El ciudadano promedio, que observa esta tardía confesión desde su sala, solo puede preguntarse: ¿Y usted dónde estaba? ¿En Marte?

La dualidad del silencio tardío

Cuando un político o funcionario decide denunciar lo que presenció, pero solo después de que ha sido despojado de su puesto, esa denuncia nace automáticamente con dos aromas difíciles de ignorar:

Olor a encubrimiento (o mentira): Si la gravedad de lo que ahora revela es cierta, entonces lo sabía mientras ostentaba el cargo. La pregunta, inapelable, es: ¿Por qué calló? El silencio oportuno es, en sí mismo, una forma de complicidad.

Olor a venganza (o despecho): La imperiosa necesidad de “informar al pueblo” rara vez se manifiesta mientras se disfruta del salario, el carro oficial, la oficina con aire acondicionado, los viáticos y el poder. La integridad no tiene fecha de caducidad; pero la indignación que coincide con la pérdida del cheque, sí.

Nadie se transforma en paladín de la justicia de un lunes para otro. Las “revelaciones” post-despido tienen, a menudo, la profundidad espiritual de un recibo de peaje. La denuncia honesta se hace a tiempo, asumiendo consecuencias y costos. Nunca cuando ya no queda nada que perder, cuando el barco ya lo botó o cuando el puesto quedó para otro.

El veredicto de la credibilidad

La honestidad que se anuncia cuando el micrófono ya no es pagado por la oficina viene, lamentablemente, con fecha de vencimiento y bajo escrutinio público.

Ante estos discursos repentinos, el análisis es sencillo:

Si denunció mientras estaba adentro: Credibilidad alta. (Denuncia de costos).

Si denunció cuando ya lo echaron: Credibilidad bajo análisis y contexto. (Denuncia de despecho).

Si calló años y ahora “cuenta todo”: Esto no es un acto de integridad; es un ajuste de cuentas en público.

Costa Rica no necesita “santos por despecho”. Necesita funcionarios y políticos que estén dispuestos a decir la verdad cuando duele y cuando cuesta. Mientras la verdad sea solo una herramienta de represalia, seguirá siendo el bien menos común y más preciado en la política nacional.

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