De “Caserío San José” a Cantón de Goicoechea: Un viaje por nuestra historia y fe

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LA VOZ DE GOICOECHEA (Por Isaí Jara, periodista).- Lo que hoy conocemos como la vibrante ciudad de Guadalupe no siempre llevó ese nombre, ni tuvo la fisonomía urbana que hoy recorremos. La historia de nuestro cantón, Goicoechea, es un relato de fe, tenacidad comunitaria y un crecimiento acelerado que superó incluso a vecinos más antiguos como Tibás o Moravia.

Los orígenes: El pequeño caserío de 1828

La semilla de nuestra comunidad se plantó en 1828, cuando se formó un pequeño caserío que inicialmente fue bautizado como San José. Trece años después, en 1841, bajo la administración de Braulio Carrillo, este asentamiento fue denominado “cuartel” y pasó a formar parte del Barrio Los Santos, el núcleo que daría vida al actual cantón de Goicoechea.

El cambio de nombre: La herencia del Padre Mora

Uno de los hitos más curiosos de nuestra historia es el cambio de identidad de la localidad. En 1844, los vecinos obtuvieron permiso para construir una ermita en honor a San José. Sin embargo, la llegada del presbítero Raimundo Mora en 1850 —familiar del presidente Juan Rafael Mora Porras— cambió el rumbo de nuestra devoción.

El Padre Mora, recién llegado de sus estudios en México, era un ferviente devoto de la Virgen de Guadalupe. Con astucia y tacto, convenció a los lugareños de cambiar el nombre del pueblo para evitar confusiones con la capital, que compartía el mismo patrono. Así, en 1851, la ermita fue consagrada a la Virgen de Guadalupe, marcando el nacimiento oficial de nuestra identidad guadalupana.

El café y el ascenso a Parroquia

El desarrollo de Guadalupe fue “a paso de gigante”. Gracias al auge del cultivo del café, la economía local floreció rápidamente. Mientras otras comunidades tardaron décadas en consolidarse, Guadalupe logró que el obispo Anselmo Llorente y La Fuente la elevara a la categoría de Parroquia el 15 de octubre de 1856.

Este estatus no era solo religioso; significaba que la comunidad ya tenía los recursos económicos y la población suficiente para ser autosuficiente, superando en desarrollo a San Vicente de Moravia y San Juan de Tibás en aquel entonces.

Un templo forjado entre terremotos

La historia de nuestro templo parroquial es una lección de resiliencia. El edificio actual es el resultado de varios intentos y reconstrucciones:

1860: Don Santiago Jara Solís dona las dos manzanas de terreno donde hoy se ubican la iglesia y el parque.

1888: Un terremoto derriba las torres del templo de ladrillo recién terminado.

1910: El terremoto de Cartago vuelve a castigar la estructura. Tras una fuerte disputa entre quienes querían demolerlo y quienes deseaban repararlo, se optó por una técnica innovadora: forrar las paredes con láminas de hierro galvanizado traídas de Europa.

1963: Se inicia la construcción del templo moderno que conocemos hoy, una obra del ingeniero Bernardo Monge y Franz Sauter, caracterizada por su amplitud y la ausencia de columnas.

El símbolo de un pueblo trabajador

El templo actual, consagrado en 1972, guarda en sus paredes el esfuerzo de miles de guadalupanos. Como bien dijo el padre Alberto Mata Oreamuno en su inauguración, esta obra “fue construida con las pocas pesetas de muchos pobres y sin los muchos miles de los pocos ricos”. Hoy, a casi dos siglos de aquel caserío original de 1828, Goicoechea se erige como un cantón de historia profunda, donde el antiguo cementerio, el Teatro Júpiter (hoy desaparecido) y las campanas bendecidas en el siglo XIX susurran el pasado de una comunidad que nunca se rindió ante las dificultades

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