Arayita: la pluma incansable que no se jubila de la historia

LA VOZ DE GOICOECHEA (Por Ismael Venegas*).- Hay personajes que no necesitan credencial para entrar a la historia. Les basta con su constancia. Una tarde cualquiera, mientras el sol comenzaba a esconderse sobre San José y el viento hacía de las suyas en la entrada de la Asamblea Legislativa, una figura familiar avanzaba con paso sereno, bulto al hombro y mirada atenta. Era José Antonio Araya Alvarado (Arayita), vecino de Moravia, periodista de raza, testigo privilegiado de décadas de política nacional.
A sus 81 años, Arayita sigue llegando caminando al Congreso como quien acude a una cita sagrada. Jubilado, sí; retirado, jamás. Su presencia en los pasillos de esa mole de cemento que huele a leyes, debates y memorias es ya parte del paisaje. Los oficiales de seguridad, normalmente formales y estrictos, le regalan una sonrisa cómplice. Saben que no están frente a un visitante más, sino ante un archivo viviente del periodismo legislativo costarricense.
Verlo desplazarse por los corredores es presenciar una forma hermosa de terquedad: la de quien ama su oficio y se resiste a soltarlo. José Antonio Araya Alvarado (Arayita) no cubre la Asamblea, la habita. Conoce sus recovecos, sus historias no escritas, los ecos de discusiones que marcaron épocas.
Nacido en Moravia, tierra que lleva en el corazón, forjó su trayectoria en los semanarios cantonales La Teja y Chonete, medios que en su momento dieron voz a comunidades en crecimiento. Entre anuncios de pulperías, crónicas de turnos y noticias vecinales, desarrolló un estilo cercano, humano, directo. Esa sensibilidad la trasladó luego al ámbito parlamentario, donde aprendió a leer no solo proyectos de ley, sino también silencios y gestos.
Conversar con Arayita es abrir un álbum de recuerdos que respira. Habla de la vieja sala de prensa como quien evoca una casa familiar. Menciona nombres que para muchos jóvenes reporteros suenan lejanos: Mula de Cuero, el Cochero, Chispa, Marujita, Maylida, Arturo Sancho Kobac, Óscar Hidalgo, Carlos Fernández, Augusto Silva, don Walter Hernández, don Wilfrido… Para él no son apodos ni referencias históricas; son voces, anécdotas, cafés compartidos en jornadas interminables.
Su mente, lúcida y ordenada, sigue registrando fechas y detalles con la precisión de un cronista que no quiere que nada se pierda. Su salud le permite caminar cada día hasta el Congreso, y su disciplina le recuerda que el periodismo no es solo una profesión: es una forma de estar en el mundo.
En tiempos donde la inmediatez digital amenaza con volver efímera la memoria colectiva, la figura de José Antonio Araya Alvarado (Arayita) nos devuelve a lo esencial: el periodismo hecho con paciencia, presencia y compromiso. Sin estridencias, sin protagonismos innecesarios, pero con la firme convicción de que cada sesión legislativa, cada debate, cada votación, merece ser contada con rigor.
Goicoechea y Moravia pueden sentirse orgullosas. Tienen en Arayita a un hijo adoptivo del oficio, un periodista que convirtió la jubilación en una pausa administrativa, pero no en un punto final. Su historia es también la de muchos comunicadores que, lejos de apagarse con los años, encuentran en la experiencia una nueva luz.
Mientras el viento siga despeinando lo poco que queda de su cabellera y el Congreso abra sus puertas cada mañana, habrá crónica pendiente. Y allí estará José Antonio Araya Alvarado (Arayita), tomando nota, recordándonos que el periodismo, cuando se ejerce con pasión, no entiende de edades.
Desde La Voz de Goicoechea, rendimos homenaje a esos periodistas de vocación profunda, que hacen del oficio una segunda piel y de la memoria un servicio público.
*Periodista, Licenciado en Economía y máster en Administración de Empresas
