Cuando la crítica incomoda… y se responde atacando la vida privada

Táctica de desviación en la función pública
LA VOZ DE GOICOECHEA (Por Consejo Editorial).- En el ejercicio de la función pública existe una práctica tan antigua como preocupante: cuando alguien señala un posible incumplimiento del deber, en lugar de responder con transparencia y datos, algunos optan por cambiar el foco. No se responde a la crítica: se busca al crítico.
La mecánica es conocida. Se revisa su vida personal, se indagan errores pasados, se intenta sembrar duda sobre su capacidad intelectual, su honestidad, sus estudios, su carácter y hasta su lugar de residencia. El debate, que debió ser institucional, se convierte en un lodazal personal.
Esta estrategia no es nueva. Cuando no se puede desmentir un señalamiento con informes, datos o rendición de cuentas, se intenta desacreditar a quien cuestiona. Es una forma de evasión y, en ocasiones, de intimidación encubierta.
Pero hay algo que conviene recordar con claridad: la crítica a un funcionario público no es un ataque a su vida privada. Es un cuestionamiento a su desempeño en un cargo que ejerce con recursos públicos y bajo el deber legal de probidad, transparencia y responsabilidad. En democracia, lo público se fiscaliza; lo privado se respeta.
Un comunicador o periodista no es funcionario público. No administra fondos del Estado, no ejerce potestades públicas ni toma decisiones con impacto institucional. Su rol es distinto: informar, analizar, cuestionar y, cuando corresponda, denunciar. Como todo profesional, responde por su ética. Si se equivoca en una información, debe rectificar. Si incurre en un error profesional, debe asumirlo. Pero su vida privada —su relación familiar, personal o espiritual— no forma parte del control ciudadano ni es materia de debate político.
La rendición de cuentas es una obligación exclusiva de quien ejerce poder público. No puede invertirse la carga. No puede pretenderse que la crítica legítima se silencie mediante ataques personales. Confundir ambos planos es peligroso, porque cuando la fiscalización se castiga con intimidación, lo que se debilita no es una persona: es la democracia misma.
La crítica no es enemistad. Es control ciudadano. Y el control ciudadano no debería provocar persecución, sino mejora institucional.
Quienes hacemos “La Voz de Goicoechea” tenemos la conciencia tranquila. Nunca hemos sido ni seremos poco éticos. Siempre hemos representado —y así seguiremos— a la población, señalando los errores en el ejercicio de la función pública. Si la respuesta es la intimidación, que quede claro: no limitará nuestra tarea.
Si quieren llevar el debate al terreno de los ataques personales, existen otros espacios que prestan a ese tipo de prácticas. Aquí somos profesionales y éticos. Aunque conozcamos aspectos de la vida personal de muchos, siempre los respetaremos.
La exigencia no se negocia. La dignidad, tampoco.