Violencia laboral contra las mujeres: una deuda pendiente en el sector público

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LA VOZ DE GOICOECHEA (Por Consejo Editorial).- La violencia laboral contra las mujeres sigue siendo una realidad incómoda y persistente en las instituciones públicas. Aunque Costa Rica ha avanzado en marcos legales y compromisos internacionales, los hechos demuestran que aún existen prácticas normalizadas que vulneran derechos, deterioran el clima institucional y afectan de manera desproporcionada a las mujeres, especialmente a aquellas que ejercen liderazgos o funciones de representación.

El reciente caso de Rebeca Céspedes Alvarado, funcionaria municipal y presidenta de la seccional de la Asociación Nacional de Empleados Públicos y Privados (ANEP) en Goicoechea, vuelve a colocar este tema en la agenda pública. El pasado lunes 26 de enero, Céspedes interpuso una denuncia administrativa formal contra el director jurídico municipal, por hechos que, según su testimonio, constituyen una agresión verbal ocurrida durante su jornada laboral.

Más allá del desenlace que tenga este proceso, el hecho de que una funcionaria recurra a los canales formales de denuncia debe ser leído como una señal de alerta institucional. La violencia laboral no se limita a agresiones físicas. Incluye gritos, humillaciones, descalificaciones, intimidaciones, acoso psicológico y abuso de autoridad, conductas que muchas veces se minimizan o se etiquetan erróneamente como “conflictos administrativos”, invisibilizando su verdadero impacto.

Especialistas y organismos internacionales han advertido que las mujeres enfrentan mayores riesgos de violencia y acoso en entornos con estructuras jerárquicas marcadas, como las instituciones públicas. Estas situaciones suelen manifestarse cuando existe una relación de poder desigual, particularmente desde puestos de autoridad hacia funcionarias, o bien contra mujeres que ocupan espacios de fiscalización, liderazgo o representación sindical. En estos casos, la violencia puede operar como un mecanismo de intimidación o silenciamiento.

La Organización Internacional del Trabajo (OIT) ha sido clara al señalar que las mujeres sindicalistas y defensoras de derechos laborales se encuentran entre los grupos más expuestos a este tipo de prácticas. No es casualidad que, en 2019, la OIT aprobara el Convenio 190 —ratificado recientemente por Costa Rica como Ley de la República—, que reconoce el derecho de toda persona a un entorno laboral libre de violencia y acoso.

Este convenio define la violencia laboral como cualquier comportamiento que cause o pueda causar daño físico, psicológico, sexual o económico, y establece la obligación de los Estados y de los empleadores de prevenir, investigar y sancionar estas conductas. Además, reconoce que la violencia laboral afecta de manera desproporcionada a las mujeres, e insta a las instituciones públicas a contar con protocolos claros, medidas preventivas y mecanismos efectivos de protección para las personas denunciantes.

Sin embargo, la realidad demuestra que denunciar sigue siendo un proceso complejo y riesgoso para muchas mujeres. El temor a represalias, la revictimización, la lentitud de los procesos administrativos y la ausencia de medidas cautelares oportunas continúan siendo obstáculos recurrentes. Estas barreras no solo desalientan la denuncia, sino que perpetúan una cultura de silencio e impunidad.

Por ello, organizaciones sindicales y de derechos humanos insisten en que estos casos deben abordarse con debida diligencia, enfoque de género y una perspectiva preventiva. La violencia laboral no es un hecho aislado ni un problema individual: es una falla institucional que requiere respuestas claras, oportunas y transparentes.

La violencia laboral contra las mujeres no solo afecta a quienes la padecen directamente. También deteriora el clima institucional, debilita la confianza ciudadana y compromete principios fundamentales de la función pública, como el respeto, la igualdad y la legalidad. En el ámbito local, donde la cercanía entre autoridades y personal es mayor, la rendición de cuentas resulta aún más relevante.

Visibilizar estos casos no implica condenar anticipadamente, sino reconocer que existe un desafío pendiente. La municipalidad de Goicoechea, como cualquier otra institución pública del país, tiene la oportunidad —y la responsabilidad— de demostrar que los derechos laborales y la dignidad de las mujeres no son negociables.

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