El imperio que no cae: cómo Estados Unidos reordena el mundo sin disparar

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Una mirada al nuevo ejercicio del poder global y sus efectos en América Latina y Costa Rica

LA VOZ DE GOICOECHEA (Por Consejo Editorial).- Durante el siglo XX, el poder global se imponía a golpe de guerras abiertas, invasiones y ocupaciones militares. Hoy, el escenario es distinto. Estados Unidos ya no necesita desplegar ejércitos para demostrar su influencia. Le basta con algo más sutil —y, quizá, más eficaz—: administrar los conflictos, marcar los tiempos y desgastar a sus rivales sin exponerse directamente.

Este liderazgo no es épico ni inmediato. No produce imágenes de banderas clavadas en territorios conquistados. Pero funciona. No busca ganar todas las batallas; le alcanza con impedir que otros ganen la guerra.

En este tablero, Rusia no aparece como una potencia en ascenso, sino como un actor que lucha por no perder relevancia. Atrapada en conflictos prolongados y costosos, consume recursos, capital político y credibilidad internacional. Más que derrotarla de frente, Estados Unidos parece apostar por dejar que el desgaste haga su trabajo: una Rusia confinada a su entorno inmediato, sin capacidad real de proyectar poder global.

La presión constante sobre aliados estratégicos rusos —como Siria o Venezuela— no apunta únicamente a esos países. El mensaje es más amplio y más frío: si Rusia no puede proteger a los suyos, su imagen de potencia se vacía.

Con China, la estrategia es distinta. No hay misiles ni invasiones, sino reglas, mercados y tecnología. Washington sabe que una confrontación militar directa sería catastrófica para todos. Por eso elige otro campo de batalla: frenar su supremacía económica y tecnológica, limitar su acceso a sectores estratégicos y advertir a los países que profundizan vínculos sin medir consecuencias.

China, por su parte, también evita el choque frontal. Prefiere expandirse mediante infraestructura, comercio, deuda y tecnología. Controlar sin ocupar. Influir sin disparar. El resultado es un equilibrio tenso: Estados Unidos no destruye a su rival, pero le marca los límites.

En este contexto, América Latina vuelve a ocupar un lugar central. No como protagonista, sino como territorio a resguardar. Las advertencias diplomáticas, las presiones económicas y el endurecimiento del discurso hacia ciertos gobiernos de la región no responden al miedo a un colapso del poder estadounidense. Responden, más bien, a la necesidad de impedir que otras potencias ganen espacio en una zona históricamente considerada estratégica.

No se trata de ideología. Se trata de control

Para Costa Rica, este escenario plantea un dilema silencioso. Nuestro país ha construido su política exterior sobre el derecho internacional, la neutralidad y el multilateralismo. Pero ese mundo de reglas claras se está debilitando. Hoy, la neutralidad ya no es solo una virtud; es un desafío.

Moverse sin incomodar a las grandes potencias, sin perder autonomía y sin quedar atrapados en disputas ajenas exige una diplomacia activa, inteligente y con visión propia. La pasividad ya no es una opción.

Estados Unidos no parece estar perdiendo el control del mundo. Lo está reorganizando. Permite conflictos, pero evita guerras totales. Presiona, pero sin exponerse directamente. Debilita rivales sin enfrentarlos de frente. Eso no es decadencia: es poder que ha aprendido de sus errores.

No es casual que, en momentos de reacomodo global, resurjan lecturas simbólicas antiguas. El Libro del Apocalipsis, lejos de anunciar fechas o catástrofes, describe cómo el poder, cuando se absolutiza, deja de servir y comienza a exigir lealtad. Habla de “bestias” no como países concretos, sino como sistemas: uno que domina por la fuerza, otro que controla la economía y la vida cotidiana, y una lógica más profunda que justifica todo en nombre del orden, la seguridad o el progreso.

Leído así, no anuncia el fin del mundo, sino algo más inquietante: la repetición de patrones históricos donde el poder se vuelve incuestionable.

¿Será este el escenario que estamos viviendo hoy?

Uno donde conviven la fuerza militar, el dominio económico y una lógica —cada vez más automatizada y artificial— que ordena el mundo sin preguntar a quién deja atrás.

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