“El lobo con traje nuevo”: Cuento político adaptado al estilo de la Voz de Goicoechea, no apto para políticos sensibles

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LA VOZ DE GOICOECHEA (Por Nabil Mouaffak, comunicador).- Había una vez un cantón lleno de gente trabajadora, al que todos llamaban cariñosamente Caperucita. Era un lugar noble, siempre llevando en su canasta las esperanzas, los sueños y la confianza de su pueblo. Cada cuatro años, Caperucita caminaba por el bosque electoral para llevarle su voto a quien creyera que podía cuidarla y hacerla crecer.

Pero en esos mismos bosques vivía un lobo viejo, experto en disfrazarse.

No era un lobo cualquiera: sabía cambiar su piel según le conviniera. A veces aparecía como un defensor de la comunidad, otras como un salvador milagroso de última hora, y otras como un emprendedor moderno que todo lo arreglaba con promesas.

Cuando se acercaban las elecciones, el lobo llegó a la casita del pueblo y tocó la puerta.

—¿Quién es? —preguntó inocente Caperucita, el cantón.

—Soy tu abuelita, mi amor… —respondió el lobo, imitando la voz de la experiencia, la sabiduría y el cariño que los políticos dicen tener por su comunidad.

Caperucita dudó, pero el lobo llevaba un disfraz perfecto: programas inventados, fotos abrazando niños, promesas que nunca cumplió, discursos escritos por otro, y la sonrisa ensayada que solo aparece en campaña.

Cuando Caperucita entró a la casa, lo vio sentado con la manta puesta.

Pero algo no calzaba…

—Abuelita… qué ojos tan grandes tienes —dijo el cantón.

—Son para ver cuántos votos puedo ganar, mi niña —respondió el lobo.

—Y esas orejas tan largas…

—Son para escuchar las quejas del pueblo… aunque luego las ignore, amorcito.

—Y esa boca tan grande…

—¡Es para comerme el presupuesto, los proyectos y tus esperanzas de un solo bocado!

En ese momento Caperucita entendió: no era su abuela, no era quien prometía ser,

no era un líder… era un lobo disfrazado.

Y así como muchos pueblos lo han hecho, Caperucita decidió alzar la voz.

Salió corriendo de la casa, avisó a los vecinos y juntos se organizaron.

Porque cuando un pueblo se despierta, ningún lobo maquillado los vuelve a engañar.

El lobo, asustado al ver la unión del cantón, salió huyendo.

Y desde entonces, Caperucita aprendió que no todo traje elegante es señal de honestidad, que no todo que dice ser “abuelita” trae buenas intenciones,

y que el pueblo siempre debe revisar dos veces quién quiere entrar en su casa.

Y colorín colorado… al pueblo organizado no lo engaña ningún lobo pintado.

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