Cantonal
Investigación costarricense advierte que las personas adultas mayores enfrentan exclusión económica y social, pero encuentran en la espiritualidad, la experiencia acumulada y las redes comunitarias herramientas para defender su dignidad
LA VOZ DE GOICOECHEA (Por Isaí Jara, periodista).- Envejecer no debería significar perder valor ante la sociedad. Sin embargo, para muchas personas adultas mayores de América Latina, llegar a la vejez implica enfrentarse a pensiones insuficientes, aislamiento, discriminación y un sistema económico que suele medir la importancia de las personas según su capacidad de producir.
Frente a esta realidad, una investigación académica realizada en Costa Rica propone una mirada diferente: comprender la vejez no como una etapa de decadencia, sino como un período de resistencia, sabiduría y construcción de vínculos comunitarios.
El estudio, elaborado por David Tenorio Rojas, docente jubilado de la Universidad de Costa Rica (UCR), vecino de Mata de Plátano de Goicoechea, analiza cómo la espiritualidad y la memoria acumulada a lo largo de la vida pueden convertirse en herramientas para enfrentar la exclusión social y económica de las personas mayores.
La investigación combina una revisión teórica con entrevistas a profundidad realizadas a cinco personas adultas mayores vinculadas con iglesias protestantes costarricenses.
A partir de sus testimonios, el investigador plantea una pregunta fundamental: ¿cómo pueden la espiritualidad, la memoria y los vínculos comunitarios ayudar a resistir un modelo económico que tiende a valorar a las personas por su productividad?
Cuando la sociedad deja de valorar a quienes envejecen
Uno de los principales cuestionamientos de la investigación se dirige al modelo económico que privilegia la productividad y el consumo, dejando en condiciones de mayor vulnerabilidad a quienes llegan a la edad de jubilación.
Para explicar este fenómeno, Tenorio recurre al concepto de necropolítica, desarrollado por el filósofo camerunés Achille Mbembe, y lo utiliza para analizar los mecanismos sociales que pueden conducir a la exclusión y a lo que denomina una forma de muerte social.
Desde esta perspectiva, las personas adultas mayores corren el riesgo de ser consideradas una carga económica cuando dejan de participar activamente en el mercado laboral.
Esta situación afecta especialmente a quienes trabajaron durante décadas en la informalidad y a las mujeres que dedicaron buena parte de su vida al cuidado de familiares, sin recibir una remuneración ni cotizar suficientemente para una pensión.
Una de las personas entrevistadas cuestiona que el sistema de pensiones “no está respondiendo a trabajadores” que pasaron gran parte de su vida fuera del empleo formal.
El señalamiento pone sobre la mesa un desafío que trasciende el ámbito individual: garantizar condiciones económicas y sociales que permitan envejecer con seguridad, autonomía y dignidad.
La espiritualidad como fortaleza para seguir adelante
Aunque la investigación identifica situaciones de vulnerabilidad, también destaca las capacidades que desarrollan las personas mayores para enfrentar las dificultades propias del envejecimiento.
Entre ellas sobresale la espiritualidad, entendida no solamente como la práctica de una religión, sino como una fuente de sentido, esperanza y fortaleza emocional.
Las personas entrevistadas mencionaron prácticas como la reflexión diaria, el ayuno, el silencio, la oración y los retiros en contacto con la naturaleza como recursos para afrontar pérdidas, procesar el duelo y mantener una relación significativa con su entorno.
Una de las participantes resume esa experiencia mediante una expresión sencilla, pero profunda: “sanando yo, sanas tú”.
La frase refleja una de las ideas centrales del estudio: el bienestar de una persona adulta mayor no se construye de manera aislada, sino que puede extenderse hacia su familia, sus amistades y su comunidad.
El investigador también retoma la teoría de la gerotrascendencia, desarrollada por el gerontólogo sueco Lars Tornstam, según la cual el envejecimiento puede favorecer una transformación en la manera de comprender la vida.
Esta perspectiva plantea que, con el paso de los años, algunas personas otorgan menor importancia a los bienes materiales y mayor valor a las relaciones humanas, la reflexión sobre la existencia y los vínculos entre generaciones.
La experiencia de vida es un patrimonio que debe compartirse
Otro de los aportes de la investigación es el reconocimiento de la memoria y los conocimientos acumulados por las personas adultas mayores.
Lejos de considerar sus experiencias como recuerdos que pertenecen únicamente al pasado, el estudio propone reconocerlas como un patrimonio colectivo capaz de fortalecer a las nuevas generaciones.
Una de las participantes compara esa experiencia con una “mochila” y una “caja de herramientas” que contienen aprendizajes, valores y conocimientos construidos durante toda una vida.
Desde esta mirada, las personas mayores no deben ser vistas únicamente como receptoras de ayuda, sino también como protagonistas de la vida comunitaria y transmisoras de conocimientos.
Sus historias pueden contribuir a preservar la memoria de los barrios, las tradiciones familiares, las prácticas solidarias y las transformaciones sociales que han experimentado las comunidades.
El desafío consiste en abrir espacios donde esa experiencia pueda ser escuchada, reconocida y compartida.
Comunidades más solidarias con las personas mayores
La investigación recoge propuestas orientadas a mejorar la calidad de vida de esta población y fortalecer su participación social.
Una de ellas consiste en crear pequeñas redes vecinales de acompañamiento para personas adultas mayores que viven solas, enfrentan dificultades de movilidad o no pueden salir regularmente de sus hogares.
También se plantea incorporar la educación sobre el envejecimiento y el respeto hacia las personas mayores en escuelas, colegios y universidades.
Otra propuesta es fortalecer los encuentros intergeneracionales mediante iglesias, asociaciones de desarrollo, fundaciones y organizaciones comunales.
Estas iniciativas permitirían combatir la soledad, promover el intercambio de experiencias y recuperar el sentido de pertenencia.
No obstante, el estudio advierte que la solidaridad comunitaria no debe sustituir las responsabilidades del Estado.
El acceso a pensiones dignas, servicios de salud y sistemas de cuidado requiere políticas públicas sostenidas y recursos suficientes.
De Nicoya a Goicoechea: el valor de los vínculos comunitarios
La investigación también hace referencia a la península de Nicoya, reconocida internacionalmente por su asociación con la longevidad.
En esta región costarricense, diversos estudios han explorado la relación entre una vida prolongada y factores como los hábitos cotidianos, los vínculos familiares, la participación comunitaria y el sentido de propósito.
Esta experiencia permite reflexionar sobre la importancia de las relaciones humanas en el bienestar de las personas adultas mayores.
Aunque las condiciones de Nicoya no pueden trasladarse automáticamente a otros territorios, sus enseñanzas abren una discusión pertinente para cantones urbanos como Goicoechea.
En comunidades como Guadalupe, Ipís, Purral, Mata de Plátano, Calle Blancos, San Francisco y Rancho Redondo, el fortalecimiento de las redes vecinales, las organizaciones comunales y los espacios de encuentro puede contribuir a prevenir el aislamiento de las personas mayores.
La pregunta es cómo lograr que esas redes se conviertan en mecanismos permanentes de acompañamiento y participación, especialmente para quienes viven solos o enfrentan limitaciones económicas.
En este contexto, las iglesias, las asociaciones de desarrollo y los grupos organizados pueden desempeñar un papel importante, siempre en coordinación con las instituciones responsables de garantizar los derechos de esta población.
Envejecer con dignidad es una responsabilidad colectiva
El estudio de Tenorio Rojas invita a cuestionar una idea profundamente arraigada: que el valor de las personas disminuye cuando dejan de trabajar o de generar ingresos.
Por el contrario, sus hallazgos destacan que la vejez puede ser una etapa de crecimiento espiritual, transmisión de conocimientos y fortalecimiento de la solidaridad.
También recuerdan que el envejecimiento no debe abordarse únicamente desde la asistencia social, sino desde el reconocimiento de derechos, la autonomía y la participación activa.
Para comunidades como Goicoechea, esta reflexión plantea un desafío concreto: construir espacios donde las personas adultas mayores no solamente reciban atención, sino que tengan voz, sean escuchadas y continúen formando parte de las decisiones que afectan su entorno.
Porque una sociedad que reconoce la experiencia de sus mayores no solo honra su pasado: también fortalece su presente y construye un futuro más solidario.
Envejecer con dignidad no debería ser un privilegio, sino un derecho garantizado para todas las personas.