Presidencias eternizadas, radiografía del sindicalismo

LA VOZ DE GOICOECHEA (Por Nabil Mouaffak, comunicador).- Cuando en Costa Rica alguien menciona la palabra dictadura, casi siempre se piensa en gobiernos, caudillos, presidentes que se quieren eternizar en el poder.
Pocas veces, casi nunca, se mira hacia otro lado del tablero: el sindicalismo.
Sin embargo, si uno se asoma con calma al mapa sindical costarricense, se encuentra con un fenómeno incómodo: dirigencias que parecen tener más estabilidad que muchos gobiernos, con dirigentes que suman décadas al frente de una organización, reeligiéndose una y otra vez bajo el paraguas de la “democracia interna”.
Esta es una radiografía necesaria. No para deslegitimar la lucha sindical, sino para hacer una pregunta incómoda pero justa: Si vamos a hablar de democracia, ¿no deberíamos pedir los mismos estándares también dentro de los sindicatos?
Si hablamos de permanencia en el poder sindical en Costa Rica, un nombre aparece inmediatamente: Albino Vargas Barrantes, secretario general de la ANEP.
En julio de 2025 fue nuevamente reelecto para el período 2025–2029, lo que implicaría cerca de 34 años continuos al frente de la organización.
No es un detalle menor. Estamos hablando de un liderazgo que ha sobrevivido: Cambios de gobierno de todos los colores. Reformas fiscales, conflictos sociales, huelgas históricas.
Generaciones completas de trabajadores que han conocido solo un rostro al frente de la ANEP.
¿Es esto ilegal? No.
¿Es esto democrático? Formalmente, sí: se hace vía asambleas y procesos internos.
¿Es sano para la vida interna y la renovación de liderazgos? Esa es precisamente la discusión que el país casi nunca se anima a tener.
La ANEP es el caso más visible, pero no el único que muestra liderazgos de larguísima duración.
En el sector salud, por ejemplo, el sindicato UNDECA tiene como secretario general a Luis Chavarría Vega, figura que lleva años siendo el rostro visible de esa organización.
Y si ampliamos el lente más allá de Costa Rica, vemos que el fenómeno no es solo nuestro.
En Argentina, un recuento periodístico enumeró varios sindicalistas con más de una década —e incluso más de 30 años— al frente de sus gremios.
En Cuba, el sindicato único relevó en 2025 a su secretario general después de 11 años en el cargo.
La conclusión es clara: La permanencia prolongada no es una rareza, es casi una tradición en parte del sindicalismo latinoamericano.
Nadie discute que los sindicatos cumplen un papel crucial en la defensa de derechos laborales.
La pregunta es otra: ¿cómo se vive la democracia hacia adentro?
Cuando una misma persona se mantiene por décadas en la presidencia o secretaría general, se activan ciertos riesgos:
Concentración de poder: El liderazgo deja de ser rotativo y pasa a ser casi patrimonio personal.
Dependencia de la figura: El sindicato se identifica tanto con la persona, que cuesta imaginarlo sin ella.
Desincentivo a nuevos liderazgos: Las bases perciben que “nunca gana nadie más”, y simplemente dejan de intentarlo.
Falta de oxígeno generacional: Cambian los trabajadores, cambian las luchas, cambian los contextos… pero la cúpula no.
En términos prácticos, es posible que estos liderazgos se apoyen en mecanismos legítimos: asambleas, votaciones internas, estatutos que permiten reelecciones indefinidas.
Pero la pregunta de fondo no es solo “¿es legal?”, sino también: ¿Es saludable para la democracia sindical que haya dirigencias que duran más que varias generaciones de afiliados?
Aquí aparece la gran ironía del debate público costarricense: Se critica la falta de alternancia política en gobiernos y partidos.
Se denuncia cualquier intento de perpetuarse en el poder en el Estado.
Pero casi nunca se cuestiona con la misma fuerza a sindicatos donde hay liderazgos de 20, 25 o más de 30 años.
No se trata de descalificar la lucha sindical.
Se trata de algo mucho más simple y más honesto:
Si pedimos democracia hacia afuera, tenemos que cuidarla también hacia adentro.
¿Y ahora qué? Lo que falta por debatir
Esta radiografía no pretende dictar sentencia, sino abrir conversación.
Quedan varios temas sobre la mesa: ¿Deben los estatutos sindicales limitar la reelección continua de sus principales dirigentes?
¿Hay mecanismos internos reales para que nueva gente pueda competir por la dirigencia sin represalias ni bloqueos?
¿Qué opinan las bases sobre liderazgos que se prolongan por décadas?
¿Debería el país empezar a mirar con más lupa la coherencia democrática de todas las organizaciones que influyen en la vida pública?
En un momento donde Costa Rica discute transparencia, ética pública y renovación política, tal vez ha llegado la hora de sumar otra pregunta incómoda:
Cuando hablamos de “dictaduras” y de poder que no rota… ¿estamos dispuestos a incluir en la conversación también a los sindicatos?