Costa Rica La infraestructura vial que heredamos

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Primera entrega: De Pacheco a Chinchilla – de la calma de los caminos al colapso del asfalto

LA VOZ DE GOICOECHEA (Por Redacción).- Durante la primera década del siglo XXI, Costa Rica pasó de ser un país con carreteras rurales pero funcionales, a convertirse en un territorio de puentes cerrados, huecos eternos y proyectos inconclusos.

Entre los gobiernos de Abel Pacheco (2002–2006), Óscar Arias (2006–2010) y Laura Chinchilla (2010–2014), el país fue testigo de la erosión más lenta y costosa de su infraestructura vial moderna, producto de la burocracia, la falta de planificación y la corrupción técnica y política.

Abel Pacheco (2002–2006): prudencia fiscal y carreteras olvidadas

El gobierno de Abel Pacheco heredó un país estable, pero con una red vial envejecida.

Su administración priorizó la estabilidad económica sobre la inversión en infraestructura, lo que llevó a un paralelismo administrativo: las carreteras se mantenían con remiendos, mientras los grandes proyectos quedaban archivados.

Bajo su gestión, se intentó reactivar la concesión de la Ruta 27 San José–Caldera, pero el proyecto no logró avanzar significativamente.

El mantenimiento de la red cantonal y nacional se realizó con presupuestos limitados, y el Consejo Nacional de Vialidad (CONAVI) empezó a mostrar señales de descoordinación.

Pacheco gobernó con prudencia, pero también con lentitud.

El resultado fue un país tranquilo, pero detenido: sin deudas nuevas, pero con carreteras viejas.

 Óscar Arias (2006–2010): la Ruta 27 y la ilusión del progreso

El segundo gobierno de Óscar Arias llegó con ambición: modernizar la red vial y abrir el país al comercio global.

Fue bajo su administración que se adjudicó y avanzó la construcción de la Ruta 27, mediante un polémico contrato de concesión con la empresa Autopistas del Sol.

Arias también impulsó el megaproyecto de la carretera a San Carlos, que debía conectar el centro con la Zona Norte, pero que se convirtió en un símbolo del atraso costarricense: una obra iniciada en 2005 y que, casi veinte años después, sigue inconclusa.

Su gobierno apostó por la inversión extranjera y el turismo, pero descuidó el mantenimiento estructural.

Las rutas nacionales colapsaban con las lluvias, y los puentes metálicos del MOPT se volvieron parches permanentes.

El país creció hacia los puertos, pero se olvidó de los caminos que llevaban al pueblo.

Laura Chinchilla (2010–2014): la crisis del CONAVI y la Ruta 1856

El gobierno de Laura Chinchilla fue, quizás, el más golpeado por los escándalos de infraestructura.

La administración enfrentó el caso de la “Trocha Fronteriza” (Ruta 1856), una obra improvisada y sin controles técnicos que dejó daños ambientales, despilfarro de fondos y un fuerte desgaste en la credibilidad del Ministerio de Obras Públicas y Transportes (MOPT).

A esto se sumó el deterioro generalizado de las carreteras nacionales y cantonales, mientras el Puente de la Platina, sobre el río Virilla, se convirtió en el símbolo nacional del absurdo burocrático:

se reparó tres veces, se cerró múltiples ocasiones y fue motivo de burla y frustración ciudadana.

Pese a intentos de modernización, como los proyectos de Rutas 32 y Circunvalación Norte, el país vivió la época dorada de los atascos y los baches.

Chinchilla dejó un Estado desgastado, incapaz de ejecutar proyectos sin escándalos ni sobrecostos.

El cemento se convirtió en sinónimo de polémica.

De Pacheco a Chinchilla, Costa Rica pasó de caminar despacio a andar sobre asfalto agrietado.

El país se llenó de planes, pero no de obras.

Cada gobierno heredó los errores del anterior, y la infraestructura se convirtió en el espejo de un Estado que ya no sabe construir, solo reparar.

En esos años se consolidó una cultura peligrosa: la del parche.

Una nación donde se prefiere tapar huecos que diseñar caminos, y donde cada lluvia recuerda que los problemas no son de ingeniería, sino de voluntad.

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