Versículo de día

LA VOZ DE GOICOECHEA (Por Redacción).- Estos dos primeros versículos del Salmo 91 nos abren la puerta a una de las promesas más queridas y profundas de toda la Escritura: la seguridad de vivir bajo el cuidado constante de Dios.
La palabra habitar no significa solo pasar de vez en cuando, sino establecerse, permanecer, hacer de ese lugar nuestra morada cotidiana. Al abrigo del Altísimo nos habla de cercanía: no estamos lejos, sino protegidos por quien está por encima de todo, y a la vez tan cerca que nos cubre con su sombra. La sombra del Omnipotente evoca intimidad: donde Él está, allí hay refugio; su presencia misma es nuestra protección.
El versículo 2 da un paso más: pasa de la descripción de la protección a la confesión personal. Ya no se dice “el que habita”, sino “diré yo”. Es un acto de fe consciente, voluntario y valiente: hacemos nuestro el compromiso de reconocer al Señor como nuestro refugio —lugar seguro donde descansar— y nuestra fortaleza —fuerza cuando nos sentimos débiles—. Mi Dios, en quien confío expresa una relación viva, no una idea lejana: Él es nuestro, y en Él depositamos toda nuestra confianza, sin reservas.
Para la vida hoy
La protección de Dios no nos aparta de las dificultades, sino que nos sostiene en medio de ellas. Su sombra no es necesariamente ausencia de problemas, sino presencia segura de Él.
Decir “en quien confío” es un ejercicio diario. Algunos días cuesta más, pero la morada se construye repitiendo esa confianza una y otra vez.
No hace falta ser perfecto para estar en su abrigo: solo acercarse, reconocerlo y decirle: Tú eres mi refugio.
Oración
Señor, Altísimo y Omnipotente, hoy elijo morar en tu presencia. Tú eres mi refugio cuando temo, mi fortaleza cuando flaqueo. Eres mi Dios, y en ti confío, hoy y siempre. Amén.